24 diciembre 2015

Ante la muerte del Servicio Médico de la APM


Estos días asisto a la muerte del Servicio Médico de los periodistas con nocturnidad navideña. Me duele el flagrante incumplimiento de la Administración de los convenios que firma, pero me duele más aún la antifoto de las Azores, la de mis tres últimos presidentes y presidentas, mis tres últimos impotentes e impotentas, que han activado sin rechistar el control de daños ante los hechos consumados.

Sea la pérdida del Servicio Médico de los periodistas nuestro particular 98, sea un baño de realidad sobre nuestro lugar periférico en el siglo XXI. Perdemos de repente, en una guerra relámpago, la Cuba que nos permitía soñar que aún pinchábamos y cortábamos bacalao, la joya de la corona que ha actuado durante años como un práctico fumadero de opio en el que olvidar el deterioro progresivo de las condiciones laborales y del prestigio social de una de las profesiones más nobles y canallas del mundo. Somos miles los que hemos tenido que reinventarnos fuera del periodismo para seguir viviendo, pero eso no mina un ápice en muchos de nosotros nuestro amor a la profesión. Para los expatriados sólo hay dos posturas vitales: maldecir la tierra de origen o amarla idealizada, más aún que quienes la pisan. Creo que es mi caso. Amo el periodismo, su función social que, en mi opinión, hoy no cumple.

Hace más de un siglo, alguien nos llamó el cuarto poder. Quiso decir con ello que, en las sociedades democráticas, además de los tres poderes en que Montesquieu troceó al Leviatán del Estado para hacerlo luchar contra sí mismo, había un cuarto poder, el de la opinión pública de la sociedad civil, cuya punta de lanza era la Prensa. Pero el poder, primero, segundo, tercero o cuarto, para ser poder real ha de cumplir una única condición: ser libre. Periodismo ha de ser criterio desde la soledad, visión desde la lejanía. Siempre he creído que el periodista de verdad tiene más de cantautor que de corista, que no es cuestión de buena voz, sino de buena letra. Las buenas voces urbanizan las canciones de otros; las buenas letras desbrozan el territorio virgen e inexplorado.

Dicen que el 98 fue doloroso y regenerador. Ojalá todo el sufrimiento que va a generar la muerte del Servicio Médico despierte de una vez a mi queridísima APM y permita reaccionar a una profesión que debe ser vanguardia de la comprensión de la realidad.