18 febrero 2015

Cuentos

Ahora te gusta acurrucarte en el sofá rojo a media tarde y merendar sorbitos de té y cuentos infantiles de pastas duras. Respiras las horas del crepúsculo absorta, llena tu mente de bosques sombríos y castillos seguros. Y yo te miro en silencio y me estremezco, porque te quiero así, serena y calmada, inmóvil, hierática, fortificada tras el triple cristal en nuestro refugio a prueba de brujas y dragones.

¡El bosque te hizo tanto daño! Este rincón, se secó de palabras porque hablar de mi sería hablar de ti y de tus daños. Pero hace días, ¿te acuerdas?, me pediste que volviese a escribir, que contase que uno puede perder la cabeza y ser feliz.

Estas líneas son tuyas, amor mío. Te escribo a ti, en este rincón impúdico que leerán otros, para que sepan de la victoria que habita en cada una de nuestras derrotas. Soy el príncipe que mora junto a la princesa pálida que mordió la manzana, junto a la infanta que se pinchó con el huso de una rueca. A veces, duermes en el laberinto y tu mente se escapa a las oscuridades del bosque donde se hacen fuertes los miedos. Y yo te cubro de besos cada día para sanarte. Soy aquel que te sostiene, que te arropa. Y me siento afortunado.

Armado de amor ciego y olanzapinas, peleo por ti contra fuerzas que me superan. Quizás, algún día, la victoria ponga fin al cuento. O quizás nuestra vida sea un cuento perpetuo contra la enfermedad. Contigo pan y cebolla, me da igual. Viviré feliz. Comeré perdiz.

Sonríe. Sonríe siempre. Tu luz es mi victoria.