La escasa información que aportaba un artículo que he localizado en la hemeroteca de El Comercio le califica de sindicalista agrario y menciona su vinculación con el semanario El Pueblo, un medio crítico con la Dictadura de Primo de Rivera. Quisiera enriquecer ambas etiquetas con la memoria oral de una ausencia omnipresente en la familia, dando de antemano las gracias a mi madre, cuya sangre nada tiene que ver con él, pero cuya afición por los árboles de familia ha completado muchísimas lagunas.
El primer Francisco Gómez del Castillo del que tenemos memoria fue abuelo del que Llanes honra. Era militar de carrera por tradición familiar, por lo que su cuna, Córdoba, es posiblemente tan hermosa como casual. Participó en las Guerras Carlistas, no me pregunten en qué bando, y murió antes de que perdiésemos la de Cuba. Tuvo tres hijos a los que llamó Ramón, Rafael y Rafaela, pero ninguno de los dos varones siguió la tradición familiar. El mediano, Rafael, se hizo jesuita. Ramón, el mayor, que no se llevaba nada bien con su padre, se marchó lejos, a Santander, donde tomó la profesión de tipógrafo.
Ramón rompió una tradición para inaugurar otra, ligada a las tintas, la aleación tipográfica y el papel. La tecnología ha terminado ya con aquella profesión hermosa, que consistía en tejer con paciencia, juntando tipos móviles, palabras que hacen frases que hacen párrafos capaces de mover el mundo con ideas o arrullar las tardes con historias. A Llanes quizás le sorprenda saber que el Francisco Gómez del Castillo al que honra, sindicalista agrario, jamás vivió del campo. Era tipógrafo, como su padre, y como luego lo fueron sus hijos y los hijos de sus hijos. Yo sólo soy periodista, pero me gusta pensar que, en cierto modo, también he sido tipógrafo durante años, pues entre el redactor que escupe el texto en la pantalla del ordenador y la letra impresa de un periódico no queda hoy más que un clic. Ninguno de aquellos hombres de talleres, auténticos prodigios de la ortografía y la puntuación urgente, está ya revisando. Más tecnología, menos costes, y más erratas.
Habíamos dejado al padre del hombre al que Llanes quiere recordar abriéndose camino en Santander, donde llegó a establecerse razonablemente como jefe de taller de la Imprenta Hijos de J. Martínez y se casó con Claudia Cabrero. En noviembre de 1893 Santander vive un suceso extraño e importante para nuestra historia. El Machichaco, un barco que partía hacia Cuba con explosivos camuflados, estallo en el puerto de Santander matando a 600 personas. La ciudad se llena de rumores y Claudia, pensando que está siendo invadida por los moros, recorre a pie los más de 30 kilómetros que la separan de su pueblo, Viérnoles. Su marido, al que la explosión cogió trabajando, no la encuentra en casa y marcha a buscarla.
Francisco Gómez del Castillo vino al mundo un 6 de agosto de 1894 en Santander. Se echaron las cuentas y, desde entonces, se dijo que había nacido del susto del Machichaco.
Ramón enviudó pronto. Claudia murió, al igual que una segunda hija del matrimonio, de tuberculosis. La tía Rafaela será quien críe a Francisco, pero algunos apuntes más sobre el padre permiten comprender al hijo que Llanes honra. Ramón era, además de profesional competente y autoexigente, hombre de fuertes ideales morales y políticos. Se integró en la primera UGT, militancia que heredó su hijo. En la huelga general de 1917, que duro un año, se quedó sin trabajo y murió, literalmente, de pena.
Huérfano a los 23, la vida del hijo es en muchos sentidos un calco de la del padre. Como tipógrafo, llegó a Jefe de Taller de La Ideal, una imprenta de Santander que existió durante muchos años. Milita, también, y de forma muy activa, en la UGT.
Alguno de sus hijos cuenta que Francisco se definía volteriano, seguidor de Voltaire y los principios que inspiraron la Revolución Francesa. Era, en cualquier caso, tremendamente anticlerical. Cuentan que al morir su padre, su tío Rafael, el jesuita, se presentó con varias horas de retraso y lo tiró escaleras abajo acusándole de haber llegado tarde para no pagar el entierro.
Sin embargo, Francisco se casó con una mujer tremendamente católica. Se conocieron en la Casa del Pueblo de Santander, durante la representación de la obra “El albañil honrado que mata a Rosa”, en la que él actuaba. A Dolores le gustaba mucho el teatro lo que no impidió que, a pesar del escaso talento de él para la actuación, se casasen en 1919. La leyenda familiar cuenta que al contraer matrimonio, en el Soto de la Marina, efectuaron un pacto de solo bautizar a las hijas, pero no a los hijos, por aquello de que a ellas había que casarlas.
Su estrecha vinculación con Llanes arranca en Dictadura de Primo de Rivera. La mitología familiar es variada. Oí contar una vez que el Gobernador militar le condenó a pena de extrañamiento de la ciudad tras la Huelga Indefinida de Artes Gráficas de Santander, por lo que debía de alejarse cien kilómetros. Llanes fue, por tanto, tierra de destierro, en las lindes de ese círculo imaginario.
Otra versión plantea que levantaron la casa voluntariamente, para ser fieles a la huelga, que afectaba sólo a la provincia de Santander, y siguió trabajando en Llanes, recién cruzada la frontera con Asturias. Es menos teatral, pero casi me parece más hermosa, pues habla de la integridad de un hombre que trató de ser siempre fiel a sus principios. En Llanes permanecerá casi una década, la más activa de su vida política y sindical, hasta 1934.
En 1934 el sindicato lo envía a Granada como Secretario General de la Federación de la Tierra. Ese es el año de la Huelga Agraria y, también, de la Huelga General Revolucionaria. Aunque está en Granada es detenido y encarcelado sine die, a raíz de los sucesos de Asturias. Lo liberan en agosto de 1935, enfermo de fiebres tifoideas, para que muera fuera de la cárcel. Resistirá sólo dos semanas. Se va a los 41 años de edad.
En casa de mis abuelos, desde que tengo memoria, siempre hubo una foto sepia de esta ausencia, primer plano de media sonrisa, corbatín y mirada larga. Para todos los que quedaron y los que vinimos después, su profundo idealismo y su capacidad para el trabajo han sido una herencia de profundo peso moral, rescrita constantemente.
Han sido muchas las historias y más los silencios. Hay detalles irrepetibles, quizás, en el mundo de hoy. Cuando fue destinado a Granada por el sindicato, renunció al 50% de su sueldo como secretario general para seguir cobrando lo mismo que ganaba como Jefe de Taller, a pesar de que, como le decía su mujer, organizaba reuniones políticas en casa y aquellos compañeros de partido debían alimentar el cuerpo, además del espíritu. Ese poso de íntima honradez es, quizás, su mayor herencia.
Francisco dejó viuda y cinco huérfanos. Dolores nunca se volvió a casar. Regresaría a Santander, donde se ganó la vida como churrera en un modesto puesto, en jornadas de trabajo que muchas veces llegaron a las 20 horas diarias. La pobreza marcó su vida hasta el final. En las elecciones de febrero de 1936, irá de Santander a Llanes, donde tenía el voto, con una bolsa de cuero con arena y piedras, para defenderse de quien se metiese con una viuda.
De los hijos viven aún uno de los tres varones, que nacieron todos en Santander, y las dos mujeres, que fueron las últimas y nacieron ya en Llanes, en 1925 y 1927.
Mi abuelo, ya fallecido, que fue el mayor de todos, heredó de su padre el nombre, Francisco, pero también sus ideales: fue inscrito Gómez a secas, perdiendo el aristocrático y pretencioso “del Castillo”. Fue el único que sufrió esta amputación, de la que desistió con los que vinieron después. Supongo que en ello influyó el que a mi abuelo le apodasen, a pesar de los esfuerzos paternos, “Castillín”. Mi abuela me contó que muchos años después, a finales de los cuarenta, paseaban del brazo por la Gran Vía madrileña cuando mi abuelo escuchó a alguien a la espalda llamarle por ese nombre que no escuchaba desde hacía casi una década. Palideció de miedo. La salud pública, que hoy está en la memoria, aconsejaba entonces desmemoria.
Julián reinterpretó a su modo el legado de su padre y lo hizo en el seno del Cristianismo. Se bautizó en 1943 y tuvo un papel destacado en la fundación a partir de 1946 de la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC), que propugnaba un apostolado obrero por el obrero. Fue una organización en el seno de la Iglesia pero fuera del franquismo. A finales de los cuarenta su semanario, Tú, que llegó a imprimir 40.000 ejemplares fue secuestrado durante más de tres meses. En la primavera de 1951 se lanzaron a la calle para protestar contra la carestía. La HOAC jugó un papel muy importante en la reconstrucción del sindicalismo español y su colaboración interior fue decisiva para la fundación de las primeras Comisiones Obreras.
A la felicidad familiar, a la gratitud y al humano orgullo que produce el que 70 años después de su muerte Francisco tenga una calle, se une un sentimiento ambiguo acerca de que aprendimos de todo aquel sufrimiento. Mis hijas tendrán un tatarabuelo paterno con calle en Llanes, si el Pleno sanciona, pero quisiera en lo más íntimo que no dejasen de tener nunca un tatarabuelo materno con calle en Madrid y Santander. La historia quiso que el segundo, general en jefe de los Ejércitos del Norte, liberase a la familia del primero.

