27 noviembre 2013

Carta a Iria


Buceando en mi gmail he encontrado esta carta que le mandé a mi hija tratándole de explicar el universo de las ideas políticas. Me doy cuenta al releerla, cinco años después, de la mesura de algunos de mis comentarios, tratando de no mediatizar demasiado su propia búsqueda.

Querida hija:
Desde que cumpliste nueve años, responder a tus preguntas me resulta cada vez más complicado. Las más difíciles, con diferencia, son las que tienen que ver con la política. No es porque no tenga respuestas, sino porque quiero que comprendas que no hay una sola respuesta.

Verás, todos los mayores tenemos una idea de cómo debería organizarse el mundo para ser un lugar mejor. A eso lo llamamos ideas políticas. Sin embargo, los mayores tenemos grandes discusiones en torno a la política. Casi todos estamos de acuerdo en que la tierra da vueltas alrededor del Sol o en que el hombre desciende del mono, porque creemos que la ciencia es una forma de encontrar la verdad, pero no estamos de acuerdo en cual es la mejor manera de organizar el mundo para que sea un lugar mejor. La ciencia no nos dice nada sobre eso.

Algún día tendrás que votar y tendrás que decidir por ti misma cuales son tus ideas políticas. Elijas la que elijas, hay algo que no debes olvidar nunca: todas deben tener algo bueno, algo positivo, porque hay gente convencida de que son la mejor manera de organizar el mundo.

Simplificando, hoy por hoy en nuestro mundo occidental hay tres grandes ideas políticas: conservadores, liberales y socialdemócratas. Para mi lo más difícil fue entender a los conservadores. Los conservadores creen, sobre todo, en el orden. Les gustan las cosas tal y como son ahora y no les gustan los cambios. Te confieso que durante muchos años pensé que nadie podía ser conservador y buena persona al mismo tiempo, pero estaba equivocado. Lo que yo no comprendía es porqué no aspiraban a un mundo más justo. Pensaba que un conservador es alguien al que le da igual la pobreza o el hambre, porque ni es pobre ni pasa hambre. Hoy, sin embargo, comprendo que hay conservadores a los que les gustaría vivir en un mundo más justo. Es sólo que no creen que sea posible.

Un conservador piensa que el hombre lleva siglos soñando un mundo justo y, sin embargo, el mundo no es un lugar justo. Está claro que eso debe ser culpa del hombre. Hay algo en el hombre que le impide, una y otra vez, hacer realidad ese sueño. Hay una frase del señor Hobbes que resume cual es el problema para los conservadores: El hombre es un lobo para el hombre. Tienen muy presente que somos débiles y egoístas, que el fuerte hace daño siempre al débil, que cada día nos decimos a nosotros mismos que nos gustaría ser mejores, pero no lo somos. Por eso los conservadores creen, sobre todo, en el orden: quizás no es posible alcanzar la justicia, pero si superar el desorden y la inseguridad.

Un día llegaron los liberales, a los que ya conoces. Son esos que fusilaban en una playa en ese cuadro del Museo del Prado sobre el que escribiste un poema: ellos sí creían que era posible un mundo más justo donde la libertad fuese más importante que el orden. Los que los fusilaban, claro, eran los conservadores. Durante casi 250 años se llevaron fatal. Los liberales pensaban que cada hombre debía ser libre para decidir en qué quiere trabajar, con quién quiere casarse; libre para pensar lo que quiera, para decir lo que quiera, para reunirse con quien quiera, para creer o no creer en Dios o para profesar distintas religiones... 

La democracia tiene mucho que ver con la forma de entender el mundo de los liberales. Los liberales defienden que el Estado debe tener un poder mínimo, una estructura mínima, para no entrometerse en la vida de las personas.

Hoy los liberales y los conservadores ya no se fusilan unos a otros. En muchos países del mundo están en mismo partido. Eso es así porque hace más o menos 150 años surgió una tercera forma de pensar: los socialistas. Estos creían que era posible un mundo más justo pero no a base de dar más libertad al hombre sino más igualdad. Es importe decir que, al principio, no creían en la democracia. Creían que la gente pobre debía luchar con el Ejército y la Policía para hacerse con el poder. Es lo que llamaban hacer la Revolución.
Luego la gente pobre usaría el poder para que todos fuésemos iguales. Lo que unió a los conservadores y a los liberales es que los socialistas se proponían eliminar en ese nuevo mundo una cosa que se llama propiedad privada: pensaban que lo más importante para ser iguales es que todos tengamos las mismas posesiones materiales. En ese mundo nuestra casa no sería nuestra, sino que tendríamos derecho a usarla. En cualquier momento alguien podría decirnos que hay otra familia que vive en la calle y tendríamos que hacerles un hueco. Hay países donde se vive o se ha vivido así. Los médicos son buenos y gratis, casi todo el mundo sabe tocar un instrumento musical, no hay pobreza extrema... Sin embargo, la gente no es libre para pensar o decir lo que quiera.

Hay otros países, como el tuyo, en el que los socialistas han aceptado hace mucho tiempo la democracia y la propiedad privada. Se han dado cuenta de que a la gente le gusta ser libre. Desde entonces, ya pueden quedar a tomar café con los conservadores y los liberales sin pegarse. Sin embargo, siguen poniendo el acento en la igualdad antes que la libertad: tiene que haber coles gratis para que los niños estudien, casas para la gente que no puede comprarlas, dinero durante un tiempo para la gente que se queda sin trabajo, médicos que nos curen aunque no tengamos dinero... Todo eso está muy bien pero, claro está, cuesta dinero. Ese es el problema. La forma de conseguir ese dinero son los impuestos. Imagina que te doy diez euros por limpiar tu habitación y luego viene el Estado y te quita tres o cuatro para pagar todo eso. Se sacrifica un poco de propiedad privada para que seamos un poco más iguales.

Bueno hija, espero que esta larga carta te ayude a entender las ideas políticas de la gente. Mi consejo es que no tengas prisa por llegar a una respuesta y, sobre todo, que no cierres nunca la reflexión.

Un beso de tu padre,