07 octubre 2009

Cartel UGT (1938), Monleon

Recientemente he sabido que el nombre de mi bisabuelo podría pasar a formar parte del bosque de nombres por el que podrá pasearse en Llanes. Confieso que cuando lo supe, cerré los ojos e imagine una calle con vistas al Cantábrico y con algún bajo sirviendo buen mar a precios populares. La vida de casi todos los Gómez del Castillo, exiliados tierra adentro, trascurre anhelando una calle así.
La escasa información que aportaba un artículo que he localizado en la hemeroteca de El Comercio le califica de sindicalista agrario y menciona su vinculación con el semanario El Pueblo, un medio crítico con la Dictadura de Primo de Rivera. Quisiera enriquecer ambas etiquetas con la memoria oral de una ausencia omnipresente en la familia, dando de antemano las gracias a mi madre, cuya sangre nada tiene que ver con él, pero cuya afición por los árboles de familia ha completado muchísimas lagunas.
El primer Francisco Gómez del Castillo del que tenemos memoria fue abuelo del que Llanes honra. Era militar de carrera por tradición familiar, por lo que su cuna, Córdoba, es posiblemente tan hermosa como casual. Participó en las Guerras Carlistas, no me pregunten en qué bando, y murió antes de que perdiésemos la de Cuba. Tuvo tres hijos a los que llamó Ramón, Rafael y Rafaela, pero ninguno de los dos varones siguió la tradición familiar. El mediano, Rafael, se hizo jesuita. Ramón, el mayor, que no se llevaba nada bien con su padre, se marchó lejos, a Santander, donde tomó la profesión de tipógrafo.
Ramón rompió una tradición para inaugurar otra, ligada a las tintas, la aleación tipográfica y el papel. La tecnología ha terminado ya con aquella profesión hermosa, que consistía en tejer con paciencia, juntando tipos móviles, palabras que hacen frases que hacen párrafos capaces de mover el mundo con ideas o arrullar las tardes con historias. A Llanes quizás le sorprenda saber que el Francisco Gómez del Castillo al que honra, sindicalista agrario, jamás vivió del campo. Era tipógrafo, como su padre, y como luego lo fueron sus hijos y los hijos de sus hijos. Yo sólo soy periodista, pero me gusta pensar que, en cierto modo, también he sido tipógrafo durante años, pues entre el redactor que escupe el texto en la pantalla del ordenador y la letra impresa de un periódico no queda hoy más que un clic. Ninguno de aquellos hombres de talleres, auténticos prodigios de la ortografía y la puntuación urgente, está ya revisando. Más tecnología, menos costes, y más erratas.
Habíamos dejado al padre del hombre al que Llanes quiere recordar abriéndose camino en Santander, donde llegó a establecerse razonablemente como jefe de taller de la Imprenta Hijos de J. Martínez y se casó con Claudia Cabrero. En noviembre de 1893 Santander vive un suceso extraño e importante para nuestra historia. El Machichaco, un barco que partía hacia Cuba con explosivos camuflados, estallo en el puerto de Santander matando a 600 personas. La ciudad se llena de rumores y Claudia, pensando que está siendo invadida por los moros, recorre a pie los más de 30 kilómetros que la separan de su pueblo, Viérnoles. Su marido, al que la explosión cogió trabajando, no la encuentra en casa y marcha a buscarla.
Francisco Gómez del Castillo vino al mundo un 6 de agosto de 1894 en Santander. Se echaron las cuentas y, desde entonces, se dijo que había nacido del susto del Machichaco.
Ramón enviudó pronto. Claudia murió, al igual que una segunda hija del matrimonio, de tuberculosis. La tía Rafaela será quien críe a Francisco, pero algunos apuntes más sobre el padre permiten comprender al hijo que Llanes honra. Ramón era, además de profesional competente y autoexigente, hombre de fuertes ideales morales y políticos. Se integró en la primera UGT, militancia que heredó su hijo. En la huelga general de 1917, que duro un año, se quedó sin trabajo y murió, literalmente, de pena.
Huérfano a los 23, la vida del hijo es en muchos sentidos un calco de la del padre. Como tipógrafo, llegó a Jefe de Taller de La Ideal, una imprenta de Santander que existió durante muchos años. Milita, también, y de forma muy activa, en la UGT.
Alguno de sus hijos cuenta que Francisco se definía volteriano, seguidor de Voltaire y los principios que inspiraron la Revolución Francesa. Era, en cualquier caso, tremendamente anticlerical. Cuentan que al morir su padre, su tío Rafael, el jesuita, se presentó con varias horas de retraso y lo tiró escaleras abajo acusándole de haber llegado tarde para no pagar el entierro.
Sin embargo, Francisco se casó con una mujer tremendamente católica. Se conocieron en la Casa del Pueblo de Santander, durante la representación de la obra “El albañil honrado que mata a Rosa”, en la que él actuaba. A Dolores le gustaba mucho el teatro lo que no impidió que, a pesar del escaso talento de él para la actuación, se casasen en 1919. La leyenda familiar cuenta que al contraer matrimonio, en el Soto de la Marina, efectuaron un pacto de solo bautizar a las hijas, pero no a los hijos, por aquello de que a ellas había que casarlas.
Su estrecha vinculación con Llanes arranca en Dictadura de Primo de Rivera. La mitología familiar es variada. Oí contar una vez que el Gobernador militar le condenó a pena de extrañamiento de la ciudad tras la Huelga Indefinida de Artes Gráficas de Santander, por lo que debía de alejarse cien kilómetros. Llanes fue, por tanto, tierra de destierro, en las lindes de ese círculo imaginario.
Otra versión plantea que levantaron la casa voluntariamente, para ser fieles a la huelga, que afectaba sólo a la provincia de Santander, y siguió trabajando en Llanes, recién cruzada la frontera con Asturias. Es menos teatral, pero casi me parece más hermosa, pues habla de la integridad de un hombre que trató de ser siempre fiel a sus principios. En Llanes permanecerá casi una década, la más activa de su vida política y sindical, hasta 1934.
En 1934 el sindicato lo envía a Granada como Secretario General de la Federación de la Tierra. Ese es el año de la Huelga Agraria y, también, de la Huelga General Revolucionaria. Aunque está en Granada es detenido y encarcelado sine die, a raíz de los sucesos de Asturias. Lo liberan en agosto de 1935, enfermo de fiebres tifoideas, para que muera fuera de la cárcel. Resistirá sólo dos semanas. Se va a los 41 años de edad.
En casa de mis abuelos, desde que tengo memoria, siempre hubo una foto sepia de esta ausencia, primer plano de media sonrisa, corbatín y mirada larga. Para todos los que quedaron y los que vinimos después, su profundo idealismo y su capacidad para el trabajo han sido una herencia de profundo peso moral, rescrita constantemente.
Han sido muchas las historias y más los silencios. Hay detalles irrepetibles, quizás, en el mundo de hoy. Cuando fue destinado a Granada por el sindicato, renunció al 50% de su sueldo como secretario general para seguir cobrando lo mismo que ganaba como Jefe de Taller, a pesar de que, como le decía su mujer, organizaba reuniones políticas en casa y aquellos compañeros de partido debían alimentar el cuerpo, además del espíritu. Ese poso de íntima honradez es, quizás, su mayor herencia.
Francisco dejó viuda y cinco huérfanos. Dolores nunca se volvió a casar. Regresaría a Santander, donde se ganó la vida como churrera en un modesto puesto, en jornadas de trabajo que muchas veces llegaron a las 20 horas diarias. La pobreza marcó su vida hasta el final. En las elecciones de febrero de 1936, irá de Santander a Llanes, donde tenía el voto, con una bolsa de cuero con arena y piedras, para defenderse de quien se metiese con una viuda.
De los hijos viven aún uno de los tres varones, que nacieron todos en Santander, y las dos mujeres, que fueron las últimas y nacieron ya en Llanes, en 1925 y 1927.
Mi abuelo, ya fallecido, que fue el mayor de todos, heredó de su padre el nombre, Francisco, pero también sus ideales: fue inscrito Gómez a secas, perdiendo el aristocrático y pretencioso “del Castillo”. Fue el único que sufrió esta amputación, de la que desistió con los que vinieron después. Supongo que en ello influyó el que a mi abuelo le apodasen, a pesar de los esfuerzos paternos, “Castillín”. Mi abuela me contó que muchos años después, a finales de los cuarenta, paseaban del brazo por la Gran Vía madrileña cuando mi abuelo escuchó a alguien a la espalda llamarle por ese nombre que no escuchaba desde hacía casi una década. Palideció de miedo. La salud pública, que hoy está en la memoria, aconsejaba entonces desmemoria.
Mi abuelo y yo hablamos poco de sus ideales políticos. Sé que durante la Guerra, vestía una cazadora de piloto con una estrella roja en la espalda. Mi abuela, que era una mujer tan profundamente enamorada como práctica, me contó una vez, con los ojos perdidos en el ayer, lo guapo que estaba con ella y, también, lo que sufrió ella cuando Santander caía para descoser aquella estrella y difuminar el rastro de la ideología en el cuero. Yo le conocí ya lector de ABC.
Heredó también la profesión, tipógrafo. Llegó a tener imprenta propia, la que en 1978 realizó la primera impresión de la Constitución Española.
Mi padre fue, también, primogénito y Francisco. Yo nací Pavel porque, como resumo cuando alguien pide explicaciones, tuve padres del 68, aunque yo sea del 71. Nací Gomez al mundo, pero cuando supe que venía la primera de mis dos hijas sentí la necesidad de transmitirle un apellido en el que se hunden muchas de mis raíces morales y emocionales.
Es otro de los hijos de Francisco, y no mi abuelo, el que merece en realidad unas líneas en este epílogo. Se trata de Julián Gómez del Castillo, ya fallecido. Después de la Guerra se negó a servir en el Ejército de Franco y tuvo que trabajar durante tres años en las minas en Asturias.
Julián reinterpretó a su modo el legado de su padre y lo hizo en el seno del Cristianismo. Se bautizó en 1943 y tuvo un papel destacado en la fundación a partir de 1946 de la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC), que propugnaba un apostolado obrero por el obrero. Fue una organización en el seno de la Iglesia pero fuera del franquismo. A finales de los cuarenta su semanario, Tú, que llegó a imprimir 40.000 ejemplares fue secuestrado durante más de tres meses. En la primavera de 1951 se lanzaron a la calle para protestar contra la carestía. La HOAC jugó un papel muy importante en la reconstrucción del sindicalismo español y su colaboración interior fue decisiva para la fundación de las primeras Comisiones Obreras.
A la felicidad familiar, a la gratitud y al humano orgullo que produce el que 70 años después de su muerte Francisco tenga una calle, se une un sentimiento ambiguo acerca de que aprendimos de todo aquel sufrimiento. Mis hijas tendrán un tatarabuelo paterno con calle en Llanes, si el Pleno sanciona, pero quisiera en lo más íntimo que no dejasen de tener nunca un tatarabuelo materno con calle en Madrid y Santander. La historia quiso que el segundo, general en jefe de los Ejércitos del Norte, liberase a la familia del primero.
Liberase, ¡qué palabra! Libertad, justicia, honor, patria... Retórica hermosa para perfumar la podredumbre de los actos humanos. Ojalá la memoria histórica sirva para entender, sobre todo, que hubo dos Españas enrocadas en verdades absolutas construidas con las mismas palabras. Me suelo preguntar si aquel fue un momento coyuntural de locura colectiva o si se trata de uno de esos pilares estructurales que llevaron a Ortega a definirse como español sin entusiasmo.

26 agosto 2009

American Beauty BSO, Carátula

En su Primera Carta a los habitantes de Corinto, cuando el Cristianismo primitivo se debatía en busca de una identidad más allá del judaísmo, el hombre sabio escribió que “mientras los judíos piden milagros y los griegos van en busca de sabiduría”, el Dios cristiano es “fuerza y sabiduría de Dios”. A través de esta doble columna, que resolvió el debate sobre la incorporación de los no circuncidados, el apostol administraba el legado oriental, donde se percibía a Dios como potencia capaz de obrar lo sobrenatural para favorecer a sus elegidos, y asimilaba el paganismo helénico con su culto a la razón que permite percibir sombras de la verdad última.

Dejé de trepar por la primera columna a muy temprana edad y, a través de la segunda, tan sólo he rascado en la superficie de lo tangible. No habiendo experimentado milagro alguno ni habiendo sido capaz de urdir silogismo que pruebe lo intangible, mi intuición de su existencia viene exclusivamente de una tercera vía, común a los místicos de todas las tierras: la contemplación de la belleza.

La belleza, tan intangible como indudable, es el puente más sólido entre el mundo que vemos y el que no podemos medir ni pesar. La razón del griego llegó incluso a cristalizarla en la proporción aúrea de infinitos decimales, secreto último de los Pitagóricos. Esta columna es la más común a todos los hombres que desean elevarse, pero también la más íntima e incomunicable. Esa es la tragedia del místico. Sin embargo, si se pone la atención suficiente, se descubre que, además de San Juan de la Cruz, gente tan progre como Aute o Drexler tienen canciones hermosísimas que circunloquian ese éxtasis contemplativo. Yo lo ví también, hace tiempo ya, en las líneas no publicadas de un general de la Legión que describió la vida que no miras. Siempre he lamentado no haberme quedado una copia para releerla.

Esa contemplación absorta cercana a lo que algunos llaman iluminación aparece en los lugares más insospechados. Hoy la he encontrado en la frase final de American Beauty, en la que el protagonista, recién fallecido por un malentendido poco después de renacer a la vida tras una existencia gris, dice: “Cuesta seguir enfadado cuando hay tanta belleza en el mundo. A veces siento como si la contemplara toda a la vez y mi cabeza se hinchara como un globo que está a punto de estallar, pero recuerdo que debo relajarme y no aferrarme demasiado a ella. Y, entonces, fluye a través de mi como la lluvia y no siento otra cosa que gratitud por cada instante de mi estúpida e insignificante vida. No tienen ni idea de lo que les hablo, seguro, pero no se preocupen: algún día lo tendrán”.