11 mayo 2015

España

Andan mis hijas muy revueltas con entender qué es eso de España, cuáles son sus esencias. ¿Qué decirles? Frente a otras naciones de moderna epopeya, España es misterio antiguo y difícil. España es trama de western fronterizo, imperio casi por accidente, tragedia fratricida, drama sordo y perpetuo. Vaya para vosotras esta brevísima historia (subjetiva) de la nación.

Muchas naciones se hicieron en el siglo XVIII. España no. Nuestra historia moderna, la que explica lo que somos, empieza en el 711, cuando el islam conquista la Península en una guerra relámpago de ocho años. ¿Toda la Península? No. Andalucía chocó contra el rompeolas de los Picos de Europa que recorrimos el verano pasado, hermosos y escarpados, fortaleza natural para los irreductibles cristianos que vivían como Asterix, resistiendo la maquinaria bélica del Califato.

Durante tres siglos, hasta el cambio de milenio, pasó poca cosa. O mucha, pero muy despacio. El territorio cristiano se extiende de la cornisa, lo que hoy es Asturias, Cantabria y Euskadi, hacia Galicia, Castilla y León y el norte de Portugal. El Duero se convierte en frontera con Al-Andalus de ese territorio, del que hoy quedan en el escudo de España el recuerdo de Castilla y León. Al otro lado, con el Ebro por frontera natural, los otros dos reinos del escudo: la Navarra afrancesada y Aragón, mirando siempre al Mediterráneo.

Todo cambia con el milenarismo. La Península es territorio de cruzada, como Tierra Santa. El Califato se fragmenta. El viejo Camino de las Estrellas se afirma cristiano en Santiago, atrae y repuebla. Comienza la Reconquista. En el Tratado de Tudillen de 1151, Castilla y Aragón se reparten el pastel, dibujando sin saberlo las fronteras internas de la España que hoy conocéis. Encajonan a Navarra y caen a plomo, empujando a los árabes hacia Despeñaperros durante un siglo. Aragón se topa con el mar en Murcia y conquista el Mediterráneo. Castilla continúa hasta el Estrecho y Al-Andalus queda reducida a lo que hoy es Málaga, Granada y Almería. Su recuerdo, diminuto, sigue ahí, en la granada del escudo de España. Llega una paz de siglo y medio y el rey más sabio de aquella Castilla enorme, Alfonso X.

Pero aquella cristiandad no explica aún España. Queda el acto final. En 1369 una guerra deposita la Corona de Castilla sobre una nueva dinastía, los Trastámara, que ganan en 1412 con el compromiso de Caspe la de Aragón. Sólo queda unir ambas coronas en Isabel y Fernando, tanto monta, monta tanto. Cuando muere Isabel, Fernando casará con Germana de Foix para cerrar el círculo con Navarra.

Es este un momento esencial en la historia, hijas mías, para entender lo que será España durante los próximos cinco siglos. Un cristianismo militante y guerrero, intolerante, muy diferente al que yo trato de inculcaros, se convierte en el fundamento político de la unidad de España. Una España que da a luz a la Inquisición, que crecerá como un Leviatán. Una España que expulsa a judíos y musulmanes, que nace como afirmación frente a las antiespañas. Una España que inventa la monarquía absoluta en el mundo, una España donde la religión hace política y la política, religión.

Aquella España fronteriza podría no haber sido nada en la historia del mundo, pero se convertirá, casi por accidente, en el primer imperio realmente global que ha conocido el hombre. No hablo sólo de las Indias, sino de Flandes. Temeroso de Francia en el Mediterráneo, Fernando el Católico casa a sus hijos con Portugal, Inglaterra y Borgoña. Y fue Borgoña quien trajo el imperio. El hijo de Juana la Loca y Felipe el Hermoso, Carlos, será a partir de 1516 emperador de una España universal en la que no se ponía el sol.

Y así, España fue imperio casi antes incluso que nación, un imperio absoluto, gendarme del mundo. Tramontano país, jugando a la contra, que dio la espalda al siglo XVIII, a la razón y sus luces, que fusiló a los liberales en las playas en el XIX, que sembró las cunetas de sangre en el XX entre sueños imperiales. País trágico donde cada España da el paseíllo a las demás, sin excepciones. Salvaje oeste, al fin y al cabo. Enmienda cercana a la totalidad, hijas mías, con excepción del siglo de oro y su literatura de contraste.

Si alguna España ha merecido la pena es la que yo he vivido. Una España de concordia, democrática, donde las Españas, por vez primera, se prestaron tabaco para sorpresa de sus mayores. No es fácil aprender a darse fuego cuando llevas siglos disparando al pecho. Sois hijas de la mejor España que hemos tenido jamás. Hacedla mejor aún.