17 abril 2006

El Niño Enfermo (1896), Michelena

A diario, de repente, me detengo con gesto inaparente en medio del fluir del mundo al que pertenezco. A diario me concedo un instante de cordura y eternidad en secreto, me separo un instante de los otros para recordarme que no hay más verdad que la muerte, antes de zambullirme de nuevo en el espejismo de la vida.
Es esta íntima verdad quizás la única; íntima verdad que no admite indiferentes, pero sí desesperos y esperanzas. ¿Cómo puede una verdad así provocar opuestos? La esperanza que poseo y su origen es un misterio poderoso capaz de transformar vida y muerte en un juego de palabras.
Y, sin embargo, incluso el iluminado que espera es, a veces, hombre que desespera. Velando su sueño infantil, a los pies de la cama del hospital, en medio de la oscuridad de la noche, deseé sus fiebres en mis carnes, su palidez en mi rostro, sus silencios en mi boca... Sólo aquel que es padre puede comprender el extraño lazo de la propia sangre corriendo por venas ajenas, el anhelo de ser sobrevivido.
Diría Darwin que mi agonía como padre ante la incierta enfermedad de Almudena fue una estrategia milenaria de la especie, la activación de un instinto inscrito en los genes de todo mamífero para compensar la facilidad con la que una gallina pone un huevo.
Diría Darwin, posiblemente con acierto. Y, sin embargo, vive en mi, además del ser iluminado capaz de comprender las razones del inglés, el animal primitivo, el padre sufriente, el mamífero incapaz de no participar en ese fluir del mundo al que pertenezce, aunque sea absurdo.

2 comentarios:

Cautivada dijo...

Deseo con mucha fuerza que la enfermedad de tu hija, sea lo más leve posible. Yo se bien lo que es eso. Soy madre.

Un beso.

PGR dijo...

Ya está en casa, con un kilo menos pero plenamente repuesta. Gracias por tus líneas.