Ante este diseño navideño vanguardista, podrías pensar que el artista ha querido atrapar el espíritu laicista de la Navidad moderna, con toda su carga negativa de consumo desaforado e impulsivo. Como el Arte siempre es polisémico, otra retina podría decodificar en clave de alegato por la sostenibilidad del planeta y nuestros bosques.La génesis del asunto, como siempre ocurre al comparar vida y ficción, es mucho más interesante. La caja era tan desproporcionada respecto al contenido, que venía llena de estraza para que la carga no sufriera. Al tratar de deshacerme del papel, la minúscula papelera azul de la oficina tuvo una indigestión de la que aún no se ha recuperado.
Mi compañera de batallas, Virginia, que observaba divertida, verbalizó lo obvio:
- Pavel, por más que lo intentes, no va a caber.
Su juicio de valor admitía pocas discusiones, lo admito, pero era aquel uno de esos momentos de la vida en los que uno está dispuesto a luchar batallas perdidas porque la dirección es la correcta: ando haciendo acopio de cajas ante la mudanza que tendrá lugar en 2008 y esta no iba a ser una excepción. Luché con valentía y arrojo, asestando feroces zapatazos allí donde rebosaba la celulosa, pero fui vencido finalmente por el agotamiento.
- Lo dejamos así y que se lo lleven los de la limpieza por la tarde,- claudiqué.
- Te ha quedado bonito, parece un árbol,- remató Virginia.
Y ocurrió algo sorprendente. En esta oficina, entre los que la ensuciamos y los que la limpian, hay un código no escrito que permite dejar cualquier objeto del que desees deshacerte encima de la papelera. Y, sin embargo, pese a la claridad de la norma objetiva sancionada mil veces por la costumbre, a la mañana siguiente ahí seguía el papel, salvado de la trituradora por algo tan etéreo, indefinible y subjetivo como la belleza que se había posado en sus pliegues.
En la mañana del milagro, una vecina espontánea de níveo nombre cogió la grapadora y unas cuantas felicitaciones interempresariales de las que cruzan Madrid estos días para rematar la obra. Y la gente de la planta, al doblar la esquina, comenzó a pararse a contemplar el resultado con una sonrisa. Algunos, incluso, se acercaron a colgar sus propios adornos.
Es un bonito cuento de Navidad. Reconocer la belleza, cuando uno se la encuentra en este mundo, y venerarla como corresponde.
Han pasado ya cuatro días y le hemos cogido afecto a la papelera llena. Virginia, antes de encender el ordenador, tiene el gesto femenino de arreglar un poco sus formas, que comienzan a deshacerse. Yo no lo hago. Soy consciente de que es una obra con fecha de caducidad, pero tengo que reconocer que vivo con tristeza que tenga, cada día, peor aspecto. No obstante, a pesar de su decadencia, que es evidente para los que conocimos su esplendor, la noticia aún recorre la empresa y, de cuando en cuando, alguien se acerca por aquí y suelta:
- He venido a ver el árbol.
Virginia y yo empezamos a sentirnos como la Virgen y San José.






