Estos días puede verse
Die Well, una historia que aborda una pregunta fascinante: ¿Cómo pudo el ser humano llegar al III Reich? La película está basada en un experimento real que tuvo lugar en una escuela secundaria de Palo Alto, California, durante cinco días de abril de 1969 cuando un profesor,
Ron Jones, promovió un experimento para contestarla. Tardó más de cinco años en publicar las primeras líneas al respecto. Este es un extracto de aquel artículo, aparecido en la revista Co-Evolution Quarterly en 1976.
[...] Creo que fue Steve quien inició la Tercera Ola con una pregunta. Estábamos estudiando la Alemania nazi y me interrumpió la pregunta: ¿Cómo pudo el pueblo alemán declararse ignorante respecto de la masacre del pueblo judío? ¿Cómo pudieron, los habitantes de las ciudades, los conductores de trenes, los profesores, los médicos, declarar que no sabían nada acerca de los campos de concentración y de la carnicería humana? [...] Decidí dedicar una semana para investigar esa pregunta.
LUNES
El lunes introduje a mis alumnos de historia de segundo año a una de las experiencias que caracterizaron a la Alemania nazi: la disciplina. Les hablé acerca de la belleza de la disciplina; de cómo se siente un atleta al haber trabajado dura y regularmente para tener éxito en el deporte; de cómo se empeña un bailarín o un pintor para perfeccionar un movimiento; de la tenaz paciencia de un científico en la prosecución de una idea; acerca del poder del deseo; acerca del uso del esfuerzo físico para el logro de habilidades mentales y físicas superiores; acerca del triunfo final.
Para experimentar el poder de la disciplina, sugerí (no, exigí) a la clase el ejercicio y uso de una nueva forma de sentarse. [...] A los pocos minutos de ejercicios progresivos, el grupo podía cambiar desde una posición de pie, fuera de la sala, a una posición sedente, junto a sus escritorios, sin hacer ruido; la maniobra completa sólo nos tomaba cinco segundos. [...]
Decidí probar la tolerancia del grupo hacia la acción reglamentada. En los últimos veinticinco minutos de la clase, introduje algunas reglas nuevas: los alumnos debían permanecer sentados en la posición de atención hasta el último sonido de la campana. Todos debían tener un papel y lápiz para tomar apuntes. Al formular una pregunta o al responder, debían ponerse de pie junto al escritorio, y la primera palabra debía ser: "Sr. Jones". [...]
El nivel de compromiso pasó de los pocos que siempre dominaban las discusiones, a todo el grupo. Al mismo tiempo, era extraño el gradual perfeccionamiento en la calidad de las respuestas. Cada uno parecía escuchar más atentamente; eran nuevas personas las que hablaban. Las respuestas comenzaron a ser más largas a medida que los alumnos, por lo general reacios a hablar, se sentían seguros, gracias a su propio esfuerzo. [...]
MARTES
El martes, segundo día del experimento, entré a la sala encontrando a todo el grupo sentado en silencio, en la posición de atención. Algunos rostros se veían relajados por sonrisas destinadas a agradar al profesor, pero la mayoría de los alumnos miraba fijamente, mostrando una profunda concentración, con los músculos del cuello rígidos y sin el menor rastro de una sonrisa o de un pensamiento, ni siquiera de una interrogación, tensas cada una de sus fibras, ejecutando su papel. Para librarlos de la tensión, me acerqué a la pizarra y escribí con grandes letras: "poder a través de la disciplina" y, bajo esta frase, escribí una segunda máxima: "poder a través de la comunidad".
Mientras el grupo permanecía sentado en profundo silencio, comencé a sermonearlo acerca del valor de la comunidad. A este punto del juego, pensaba en mi fuero interno si debía parar el experimento, o continuar con él. No me había esperado semejante intensidad ni sumisión. De hecho, me sorprendía ver cómo las ideas acerca de la disciplina estaban completamente institudas. Mientras seguía planteándome si continuar o no con todo eso, seguí hablando acerca de la comunidad. Inventé historias acerca de mi experiencia como atleta, como entrenador deportivo y como profesor de historia. Había sido una experiencia fácil. La comunidad es ese vínculo entre los individuos que trabajan y luchan juntos, es sentir que se es parte de algo que está más allá de uno mismo, un movimiento, un equipo, la raza, una causa. [ ...]
Para ejemplificar la idea de comunidad, les hice repetir al unísono: "Poder a través de la Disciplina". "Poder a través de la Comunidad". Al comienzo, hice dirigir el coro a dos estudiantes, parados frente al grupo, luego fui agregando estudiantes, hasta que, finalmente, toda la clase recitaba de pie. Fue muy curioso, los alumnos comenzaron a mirarse unos a otros, sintiendo el poder de la pertenencia. Estaban haciendo algo juntos.
Trabajamos en este simple ejercicio durante todo el período de la clase, repitiendo los lemas en coro, diciéndolos con distintas intensidades, siempre juntos, enfatizando, al mismo tiempo, la forma correcta de sentarse, de pararse, de hablar. [...]
Cuando ya terminaba el periodo y sin ningún oculto propósito, creé un saludo que era sólo para los miembros del grupo. Para hacer este saludo, se levantaba la mano derecha a la altura del hombro, en una posición curvada, como cuchara. Lo denominé el saludo de la Tercera Ola, pues la mano parecía la cresta de una ola a punto de estallar. La idea del número tres surgió de la marea, en que las olas se forman en cadena, siendo la tercera la última de cada serie y la mayor. [...]
Desde ese día, mis alumnos, dondequiera que se encontraran, intercambiaban este saludo en las canchas de deportes, en la biblioteca, en la cafetería, en que se produjo un pequeño accidente con las bandejas, se veía a mis alumnos intercambiando esa extraña jerga. El misterio de treinta individuos que hacían esta curiosa pirueta, pronto llamó la atención de los demás hacia el grupo y su experimento sobre la personalidad alemana. Muchos estudiantes de otros cursos pidieron integrarse.
MIERCOLES
[...] El miércoles decidí entregar tarjetas de socio a cada estudiante que quisiera continuar con lo que empecé a llamar el Experimento. Nadie se manifestó con deseos de abandonarlo. En este tercer día de actividades había 43 alumnos en la sala. Trece muchachos habían dejado otros cursos para integrarse al Experimento. Mientras estaban todos sentados en la posición correcta, entregué a cada uno una tarjeta y, marcando con una equis roja tres de ellas, informé a los receptores que tenían una misión especial, consistente en denunciar a aquellos alumnos que no cumplieran con las reglas.
Luego, les hablé acerca del significado de la acción. Expliqué cómo disciplina y comunidad carecían de significado sin la acción; me referí a la maravilla que encerraba la responsabilidad total de las acciones individuales les hablé de la confianza en uno mismo, la comunidad y la familia, instituciones que debían protegerse y preservarse a cualquier costo. Puse el acento en el trabajo duro y la mutua lealtad, que hacían posible el rápido aprendizaje y el logro de los objetivos. Les hice sentir cómo la competencia producía temor y degradaba a los individuos, despertando en ellos sentimientos de compasión, sensación de inutilidad, de no-pertenencia y de falta de apoyo. [...]
Yo estaba perplejo. Estaba atiborrándolos de información y en una forma tan coercitiva, que el hecho de que lo encontraran cómodo y aceptable era sorprendente. Era igualmente desconcertante descubrir que el tiempo necesario y la complejidad de la tarea acerca de la vida alemana eran tan vastos y, sin embargo, era completada e incluso ampliada por los estudiantes. El rendimiento académico había mejorado significativamente, estaban aprendiendo más y pedían más aún. Comencé a pensar que los alumnos harían todo lo que les pidiese y decidí hacer la prueba. Para permitirles una experiencia directa, di a cada uno una tarea específica: diseñar una bandera de la Tercera Ola y responsabilizarse de impedir el ingreso a la sala a los extraños; recordar y ser capaz de repetir para el día siguiente, de memoria, el nombre y la dirección de cada miembro de la Tercera Ola. [...]
La curiosidad se apoderó del colegio, afectando a todo el mundo. El cocinero me preguntó cómo debía ser un pastel de la Tercera Ola y, le respondí "Igual a una rosca de chocolate, naturalmente". El director, en una reunión de profesores, me saludó a la manera de la Tercera Ola y le devolví el saludo. La bibliotecaria me agradeció nuestro esquema de aprendizaje, escrito en un gran pliego de treinta pies y lo puso sobre la entrada de la biblioteca. Al final del día, fueron admitidos más de doscientos alumnos en el nuevo orden. Mientras tanto, yo me sentía muy solo y un poco asustado. [...]
Tres muchachas de la clase habían contado todo a sus padres acerca de las actividades del colegio. Estas alumnas eran, con creces, las más aventajadas de la clase y andaban siempre juntas; además, tenían en común su gusto por el liderazgo. Durante el Experimento, me preguntaba cómo responderían a la idea de igualdad entre los integrantes del grupo. Las recompensas a que ellas estaban acostumbradas no tenían cabida en el Experimento. Las cualidades intelectuales como el razonamiento, no existían para nosotros. En la atmósfera marcial de la clase, parecían mantenerse al margen. [...]
Al contar a sus padres lo del Experimento, provocaron una breve cadena de acontecimientos. Un rabino me llamó de parte de uno de los padres, siendo cortés y condescendiente: Le dije que sólo estábamos estudiando la personalidad alemana y se mostró satisfecho, dándome a entender que no me preocupara, pues él se encargaría de llamar a los padres para tranquilizarlos. Al concluir esta conversación, pensé en cuántas veces, a través de la historia, había habido conversaciones similares en las que la iglesia aceptó y pidió excusas por entrometerse. Si el rabino se hubiera encolerizado o, simplemente, hubiera investigado la situación, yo podría haber demostrado a mis alumnos una forma concreta y correcta de rebelión. Pero no, el rabino se convirtió en una parte del Experimento; al ignorar la opresión, pasó a ser cómplice. [...]
JUEVES
El jueves empecé a dirigir mi Experimento hacia su etapa final. Estaba cansado y preocupado. [...]
En el clímax de la reunión, cambié abruptamente el tono de voz, bajándola, para anunciar la verdadera razón de ser de la Tercera Ola y, de una manera lenta y metódica, les expliqué qué había detrás de la Tercera Ola.
"La Tercera Ola no es sólo un experimento o una actividad escolar, es mucho más importante que eso. La Tercera Ola es un programa organizado a través de todo el país para buscar alumnos que quieran luchar por obtener cambios políticos. Es verdad. Esta actividad que hemos estado realizando ha sido una práctica para lo que luego va a ser una realidad. A través del país, profesores como yo, han estado instruyendo y entrenando una joven brigada, capaz de mostrar a toda la nación una mejor y nueva sociedad, mediante la Disciplina, la Comunidad, el Orgullo y la Acción. Si cambiamos la forma en que se maneja esta escuela, podremos cambiar la forma en que se manejan las fábricas, las tiendas, las universidades, y todo tipo de instituciones. Uds. son un grupo selecto de gente joven, elegidos para colaborar en esta causa. Si Uds. se levantan y muestran lo que han aprendido en estos últimos cuatro días, podremos cambiar el destino de esta nación. Podremos darle un nuevo sentido del orden de la comunidad, del orgullo y de la acción: una nueva tarea. Todo se apoya y descansa en Uds. y sus deseos por ocupar un lugar". [...]
Era un juego macabro. Yo seguía hablando, con miedo de que, si me detenía, alguien pudiera reírse o hacerme alguna pregunta, con lo que toda la gran escena se disolvería y sería el caos. Expliqué cómo el viernes, a mediodía, un candidato nacional a la presidencia anunciaría la formación de un programa juvenil de la Tercera Ola. Simultáneamente a este anuncio, más de mil grupos de jóvenes de todas partes del país harían demostraciones de apoyo a este movimiento y les revelé que ellos eran los seleccionados para representar esta área. También les encargué hacer una buena presentación porque la prensa habla sido invitada a grabar este acontecimiento.
Nadie se rió. [...]
VIERNES
El viernes, último día del ejercicio, me pasé toda la mañana preparando el auditorio para la concentración. A las 11:30 los alumnos empezaron a entrar en fila india, llenando las hileras de asientos. El silencio inundaba la sala. Las banderas de la Tercera Ola colgaban como nubes desde el techo. A las doce en punto cerré la sala y puse guardias en las puertas. Varios amigos míos, actuando como reporteros y fotógrafos, empezaron a tomar fotos y a escribir rápidas notas. No había ni un solo asiento libre. [...]
La única luz de la sala provenía del televisor, reflejándose en los rostros de los alumnos. Los ojos se esforzaban, mirando la luz, pero ésta no cambiaba. La concurrencia se mantuvo quieta esperando. Había una guerra mental entre la gente del auditorio y la televisión y fue esta última la que ganó. El fulgor del aparato no mostró ningún candidato presidencial, simplemente se apagó. Los que contemplaban, todavía persistían. ¡Tenía que haber un programa! ¡Tenía que venir! ¿Dónde estaba? El trance frente al televisor continuó durante lo que parecieron horas: eran las 12:05, Nada. Un televisor apagado. No iba a suceder. La ansiedad se transformó en frustración. Alguien se paró y gritó:
"¿No hay ni un líder?. ¡Verdad!". Todos miraron sorprendidos al alumno y luego al televisor. En sus rostros habla una mirada de incredulidad. En la confusión del momento, me moví despacio al televisor, sintiendo la respiración de la gente. Esperaba un bombardeo de preguntas, pero sólo hubo un profundo silencio. Empecé a hablar, cada palabra parecía ser escuchada y absorbida.
"Escuchen claramente, tengo una cosa muy importante que decirles. No hay, ningún líder. No hay nada que se parezca a un movimiento llamado "Tercera Ola". Han sido usados, manipulados, empujados por su propia voluntad hacia el lugar en que se encuentran en este momento. Ustedes no son mejores ni peores que los nazis alemanes que hemos estado estudiando".
"Ustedes pensaron que eran los elegidos, que eran mejores que los que están fuera de la sala. Ustedes vendieron su destino y su libertad por la comodidad de la disciplina y la superioridad. Ustedes eligieron aceptar el deseo del grupo y la gran mentira de su propia convicción y creyeron que sólo lo hacían, por diversión, en un comienzo, que podrían salirse en cualquier momento, pero, ¿hasta dónde habrían llegado? ¿Qué tan lejos podrían haber ido? Déjenme mostrarles su futuro".
Con esto, encendí un proyector de cine. Inmediatamente iluminó una tela blanca que colgaba encima del televisor. El rugido de la concentración de Nüremberg apareció en la pantalla. Mi corazón golpeaba fuertemente. En imágenes fantasmagóricas, la historia del Tercer Reich desfiló ante la sala. La Disciplina. La marcha de la Súper Raza. La gran mentira. Arrogancia, violencia, terror. Gente empujada dentro de grandes camiones. La visión de los campos de concentración, caras sin ojos. Los juicios. La plegaria de la ignorancia. [...]
Todavía en la sala a oscuras, empecé la explicación. Confesé mi sensación de enfermedad y remordimiento. Expliqué a la asamblea que una aclaración completa tomaría tiempo. Me vi desplazándome desde un punto de introspección activa en el evento, hasta el papel de profesor: es más fácil ser profesor.
"A través del experimento de la semana pasada, todos sentimos qué era vivir y actuar en la Alemania nazi. Aprendimos qué se siente al crear una sociedad disciplinada, al construir una sociedad especial y rendir pleitesía a esa sociedad, instituir la razón a través de reglas. Sí, todos habríamos sido buenos alemanes. Nos habríamos puesto el uniforme, habríamos vuelto la cara a nuestros amigos perseguidos y encarcelados. Nosotros mismos habríamos cerrado los goznes. Habríamos trabajado en los centros de defensa, quemado ideas.
Sí, sabemos, a escala, qué se siente al ser un héroe, tomar decisiones rápidas, sentirse fuerte y controlando el destino. Conocemos el miedo de ser dejado fuera, el placer de hacer algo bien y ser recompensado, ser el número uno, estar en el lado correcto. Hemos visto, y, a lo mejor, sentido, lo que estas acciones, al ser llevadas a un extremo, pueden causar. Cada uno de nosotros ha sido testigo de algo en la semana. Hemos visto que el fascismo no es solamente cosas que esa gente hizo. No. Está aquí, en esta sala, en nuestros propios y personales hábitos y formas de vida. Remuevan la superficie y aparecerá. Es algo que está en todos. Lo llevamos como un virus. La creencia de que los seres humanos son básicamente malos y que, por esto, no pueden actuar bien hacia sus semejantes, es una creencia que requiere de un fuerte líder y de disciplina para preservar el orden social y, aún más, es el acto de la defensa, de la apología".
"Esta es la lección final que debemos experimentar. Esta última lección, es, a lo mejor, la de mayor importancia. Esta lección era la pregunta que inició nuestra inmersión en el estudio de la vida nazi. ¿Se acuerdan, de la pregunta? Concernía a la ignorancia del pueblo alemán, reclamando no saber y no estar involucrado en el movimiento nazi. Si me acuerdo bien de la pregunta, ésta iba así: ¿Cómo pudo el soldado alemán, el conductor de trenes, la enfermera, el recaudador de impuestos, el ciudadano común, clamar, al final del Tercer Reich, que no sabía nada de lo que pasaba? ¿Cómo pudo, la gente, ser parte de algo y luego declarar no estar realmente involucrada? ¿Qué hizo que la gente se olvidara de su propia historia? En los próximos minutos y, quizás, años, ustedes tendrán la oportunidad de responderse estas interrogantes".
"Si vuestra actuación sobre la mentalidad fascista ha sido lograda, ni uno de ustedes admitirá jamás que estuvo presente en esta reunión final de la Tercera Ola. Como los alemanes, tendrán problemas para admitir que ustedes mismos llegaron tan lejos. No permitirán a sus amigos ni a sus padres saber que hubieran podido entregar la libertad personal y el poder individual a los dictadores o a un líder invisible. No pueden admitir que fueron manipulados, que fueron seguidores, que aceptaron la Tercera Ola como una nueva forma de vida. Ustedes no admitirán que participaron en esta locura. Harán de este día y de esta reunión un secreto y es un secreto que yo compartiré con ustedes".
Saqué la película de la cámara y expuse el celuloide a la luz. El juicio había terminado. La Tercera Ola había terminado.
Miré hacia atrás. Roberto estaba llorando. Los alumnos se levantaron lentamente y, sin palabras, abandonaron la sala. Caminé hacia Roberto y lo abracé. Estaba sollozando y respiraba ahogadamente. Le dije: "Ya terminó. Está bien". Al consolarnos mutuamente, fuimos una roca en el arroyo de los estudiantes. Algunos se voltearon, estrechándonos, a Roberto y a mí. Otros lloraban abiertamente y se limpiaban las lágrimas, para seguir llorando. Eran seres humanos circulando y abrazándose mutuamente, yendo hacia la puerta, hacia el mundo exterior.
Durante una semana, en la mitad del año escolar, habíamos vivido y compartido intensamente un secreto. En los cuatro años que fui profesor en el Cubberly High School, nunca nadie admitió haber asistido a la reunión final de la Tercera Ola. [...]