08 enero 2009

Semilla (1989), Eduardo Hosie

Desde hace meses habito el mundo mágico que se extiende por los bordes de la meseta alcarreña en cuya falda serpentea el Henares. En sus paisajes, las nubes se agitan con inusual violencia mientras los horizontes inmensos se tiñen al atardecer de todos los colores necesarios para recorrer el camino desde el naranja al azul oscuro.
Aquí todo parece posible. Hace poco tuve el inmenso privilegio de entrar en el mundo secreto de Eduardo Hosie, pintor colombiano que, tras lograr la inusual hazaña de ser profeta en su tierra, habita de incógnito este rincón del globo.
No es fácil llegar hasta él si no te llevan. Duerme y crea en una casita blanca construida con sus propias manos que se esconde entre las suaves montañas de Horche. El camino de tierra que separa ese jardín de las redes de asfalto que conectan el mundo es de apenas cien metros, pero parece diseñado para disuadir al que se pierde. Su mujer y su hija lo recorren cada día, pero el artista hace vida de ermitaño.
Eduardo, que pintó paisajes ordenados mientras vivía en Alemania, pinta ahora selvas densas y abstractas en las que la mirada se asfixia. Posiblemente, las que se secaban en su estudio serán las últimas en mucho tiempo. Barrunta dedicar cuatro o cinco años a construir un puzzle de rostros compuesto por más de 2.000 lienzos. Mientras contemplaba el radical entusiasmo de un hombre que ya es abuelo, no podía dejar de preguntarme qué le duele para embarcarse en un proyecto de dimensiones titánicas. Supongo que le duele muy hondo Colombia. Todas ellas, desde las más particulares, como la de la jungla, a las más universales, como la de las desigualdades. Y su angustia profunda e indefinida se transforma en arte.
Intuyo que hemos llegado tarde, que nos durarán pocos meses como vecinos, pues han puesto la casa en venta. Antes de que se vayan no sé si podremos llegar a permitirnos un Hosie colgando en el salón para contemplarlo por las tardes, a pesar de que hablamos mucho de democratizar el arte. Si creo que podremos llegar a tener a la familia Hosie una tarde en el salón, desde donde se contemplan los más bellos atardeceres que podrían pintarse. Los nuevos amigos son muy bienvenidos. El pintor, sin embargo, debe saber que la familia está profundamente dividida: a Paula y a Iria le encantaron sus cuadros; Almudena prefiere a Paco, su perro.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

colombia merece tanto la huida como el regreso. lo cual ha de poder decirse, quizá, de la pintura. explícaselo a iria, por si algún día se despierta observando admirada un manzo. lo de almudena es más fácil, antes o después, todos los perros se meten en un lienzo. abrazos.

PGR dijo...

JP,

Deberías conocer tanto al pintor como a su casa. Creo que es esa casa en el campo que tanto tiempo has buscado.