16 abril 2009

Notre Dame (1845), Thomas Allom

Todo viaje esconde la potencia de lo iniciático, pues rara vez se traza en línea recta, sino en círculo. Todo viaje rara vez es un ir, sino un volver, un retorno. Todo viaje apenas cambia el paisaje, sino al ojo que observa.
Regresamos de Francia, de una Semana Santa entre amigos y mil años de piedras góticas. Y el ojo comprende un poco más la aventura del hombre medieval que cambió la forma de sus templos, transformando la piedra caliza de la que estaban hechos en materia ingrávida, ascente, sutil. Arcos apuntados, cúpulas entretejidas para derribar la opacidad de un muro en vitrales, nervios y pilares, arbotantes cada vez más altos y lejanos sosteniendo castillos de naipes...
Todo templo es un axis mundi, un intento del hombre por construir un lugar en el que unirse al Dios que intuye. Su estructura no ha cambiado mucho desde que el hombre comenzó a erigirlos: en Egipto ya había una zona para el pueblo llano, otra para los sacerdotes y un sancta sanctorum, morada de Dios. La catedral gótica no innova en ese sólido esquema de lo simbólico sino en la majestad de su realización.
¡Qué tiempo realmente nuevo debió de ser aquel!
Mil años antes de las catedrales góticas, la Carta a los Corintios, dirigida a una comunidad del naciente Cristianismo dividida por dos concepciones contrapuestas del mundo, explicaba que el hombre judio desea milagros y el griego lucidez; uno persigue unirse a Dios en su fuerza y otro en su sabiduría. Los hombres góticos, desde el burgo que pago su torre o su portada hasta el arquitecto que colocó la piedra de clave asistieron a la sublimación de ambos atributos en una tercera vía: la belleza.
Belleza.
Tener la sabiduría suficiente para comprender la geometría sagrada con la que cristaliza la materia, tener la fuerza necesaria para emular a pequeña escala la creación del mundo, construyendo un lugar cuya mera contemplación nos devuelva al siempre a través de la belleza.