
En el Spriengfield de la calle Preciados, sí haces una compra superior a 40 euros y llevas una lata de Pepsi, además de hacerte un descuento de seis euros te dan un vale para canjear por un striptease. En el escaparate, los sonrientes maniquies de carne y hueso esperan a que la clientela elija una de sus prendas para, "quitársela para ti".
No quiero sonar carca a los 37, pero empiezo a instalarme en esa nostalgia indefinida del que sabe que los tiempos que corren no son ya los suyos. En los míos el erotismo adolescente que hoy se celebra de forma comunitaria, era cosa de intimidad, cuarto de baño y cierta culpa judeocristiana que hacía de brida en ese debate eterno, diario e insoluble entre pureza e instinto.
La publicidad y el marketing no eran ajenas al canon: en la carrera, y no hace aún dos décadas de eso, se estudiaba aquello de la publicidad subliminal sin llegar a afirmarlo, como leyenda urbana. Recuerdo especialmente un anuncio de cognac, al que dedicamos más de 40 minutos, en el que, en los hielos apilados del vaso de tubo, podía leerse la palabra sex con cierta imaginación uniendo los destellos de luz. ¿Era un efecto aleatorio o había vida inteligente de publicista detrás de aquello?, nos preguntábamos en una diléctica propia de los reportajes sobre OVNIS de Más Allá.
Hoy ese debate es superfluo: si la publicidad subliminal existió realmente, fue por burlar una autocensura moral hoy inexistente. Y así, a golpe de striptease en horario infantil, a golpe del todo vale, vendemos camisetas. Striptease es una palabra de difícil traducción al castellano, pero no sus dos vocablos, desnudarse y burlarse. Quizás se entienda mejor el sentido profundo de tease asociado al sexo si añado que, en inglés, unido a otro palabro, puede traducirse literalmente como calientapollas. Pues eso, que nada mejor que recalentar los circuitos de la decisión racional, ahora que dejan: porque tú no lo sabías, pero realmente necesitabas esa camiseta.

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