Cada quince días, en el mundo que hay ahí fuera, la Unidad de Comunicación de la que soy responsable emite un boletín preciosista en el que seguimos más de 20 indicadores económicos, a modo de cuadro de mando. Permite hacerse una idea de la evolución de la gripe del tejido productivo en un par de minutos, para redundar en aquello que las Escuelas de Negocios llaman aportación de valor al cliente. La regla unitaria de seguimiento es simple: de todas las variaciones posibles, la interanual acumulada corregida de efectos de calendario.Hace poco, comentando el sentido profundo de la Semana Santa, explicaba a unos amigos que no hay mayor efecto de calendario que la Pascua. Cada año, en el día 14 del mes de Nissan, un pequeño pueblo esparcido por la faz de la tierra rememora las palabras escritas en el Éxodo 12 de su Torá. Toman un cordero o cabrito añal, macho, sin defecto. Lo inmolan, usan su sangre en un ritual de protección y lo comen acompañado de pan ázimo y verduras amargas.
La Pascua nos lleva al Cordero, víctima propiciatoria, virginal y primigenia, ofrecida a Dios desde el nacimiento mismo de la raza en Génesis 4. Holocausto cargado de simbolismo cuyo ritual, de acuerdo con la literalidad de Éxodo 12, Dios mismo dictó en un tiempo y momento concreto, el del Israel cautivo de Egipto. La exégesis razonable y razonada apunta que el hombre inspirado que escribió esas líneas, muchos siglos después de que los pies de Israel dejasen el Sinaí, trazó un mito, un poema, que fija la costumbre ancestral y sacraliza su origen en un pasado fundacional de la nación.
El verdadero origen del gesto, si por verdadero entendemos histórico, es, posiblemente, un rito de pastoreo vinculado a la llegada de la primavera y la búsqueda de pastos. Hay quien se atreve a fijar su origen, incluso de los misterios de Eleusis. Mi opinión personal es que, siendo escasa la conexión entre sus pueblos, será también escasa la conexión entre ambas tradiciones, más allá de la evidencia de que, en el origen de ambas, aparece lo de siempre: la observación del ciclo, del cielo, del ritmo cósmico.
Poco importa pues en los mitos hay, casi siempre, más verdad que en lo histórico. En cualquier caso, todo se repite en el día 14 de la primera luna de aquellos que miden, todavía hoy, los años por 13 lunas. Ese día, las estadísticas económicas de todo el orbe cristiano sufren el mayor impacto de los efectos de calendario. Porque en nuestro orbe, solar, cuyo ciclo está marcado por los dos San Juanes sostisciales, está inserta esta Pascua lunar, esta fiesta de equinoccio, que celebramos en el domingo que sigue a la primera luna llena de la primavera boreal. Celebramos, en esencia, la reescritura radical de la Pascua judía y sus símbolos. Celebramos el más bello poema, el cierre de un ciclo en el que Dios mismo se inmola, vaciando de contenido todo pequeño holocausto que el hombre pueda ofrecerle y permitiendo al hombre penetrar por las nuevas vías que le son abiertas. Y así, la Pascua de nuestro orbe, de eco dominical, conserva la esencia del pan ácimo y la sangre del cordero, pero es holocausto de Dios por el hombre, no del hombre por Dios. Y así, porque nuestra Pascua es la del bestiario de Cristo, la del Cordero de Dios anunciado por el Bautista en el Jordan, la del Cordero triunfal en la Jerusalén Celeste proclamado por el de Patmos en su Apocalípsis, no hay una sino tres Pascuas en el calendario litúrgico: la del Sol invictus, en que el cordero nace, la de Resurrección y la del quincuagésimo día que es, con diferencia, la que yo más celebro.

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