Palabras para mi hija Iria, declamadas con solemnidad ante representantes bienamados de todas sus familias, que son cuatro, en el soleado sábado de mayo en el que tomó su primera Comunión.Querida hija:
La distancia entre el mundo de los niños y el de los adultos tiene tres o cuatro días como el de hoy, días de gestos con los que te reconocemos como un poco más mayor.
Comulgar es crecer en el mundo de los misterios. Las hadas y los gnomos se van desdibujando, el ratoncito Pérez dejará de venir cuando se te acaben los dientes de leche... El misterio se hace mucho más sutil, más silencioso, más profundo, más lejano.
Algunos niños, incluso, dejan de verlo según se van haciendo mayores. Mi mejor consejo para que nunca te ocurra es que recuerdes siempre que el don de la Fé no es creencia, sino experiencia; no es un conjunto de verdades aprendidas, de definiciones, sino una forma de ser en el mundo, un mundo que además de tocarse y pesarse puede contemplarse con los ojos del corazón de los que tantas veces hemos hablado.
Comunión es el gesto del pan y el vino. Gesto tan antiguo como hermoso, sobretodo desde que Jesús, el hombre, lo tomó prestado para rescribir su simbolismo y revelarse Cristo.
Comunión es banquete. Sabes que algunos no hemos podido acompañarte en este banquete como hubiésemos querido, pero lo hacemos aquí, en este otro, que tiene también mucho de Comunión. Porque aquella primera se celebró, como esta, a mesa puesta.
De aquel gesto de partir y pasar el pan viene la palabra compartir. Aún hoy, en algunas comunidades, no debes servirte nunca pan o vino en las comidas sino confiar en que llegará pan por la derecha y vino por la izquierda. Y así, con el tiempo, uno aprende a mirar la copa del vecino más que la propia.
Comunión es común unión. Mira a tu alrededor. Comunión, aquí, de tu familia al completo que te acompañará siempre para ayudarte en cada uno de esos peldaños de la escalera que te llevarán a ser mayor. Tu madre y tu padre, pero también, Paula y Juan Carlos, compañeros de tus padres a los que yo siempre agradeceré que te quieran más allá de la genética.
Laura, Almudena y Carlitos, tus abuelos todos, los que ejercen siéndolo y los que ejercen sin serlo, tíos, primos...
No se me ocurre mayor comunión que esta mesa, aunque se nos haya colado en el tercer plato del menú una ensalada afrodisíaca descaradamente impropia.

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