
Has cambiado tanto que, cuando llamas a mi puerta, apenas te reconozco. El reloj de mi memoria se detuvo en una pizza que preparamos juntos en un piso destartalado, antes de que partieras. De aquel tomate resbalando por tus muñecas hará ya más de diez años. Aquel niño de bucles de oro y ojos abiertos ya no existe. Habita una de las 72 fotografías que has colgado en Facebook, encaramado en lo alto de una roca. Recorro las 71 restantes tratando de ver, a través de ellas, en que clase de hombre te ha convertido el viaje que me perdí.

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