11 febrero 2010

Gaviotas y Rocas de Maine (1972), Leonard Maurer


Cena en piso compartido, donde se mezclan las vidas provisionales de gente de paso. En la sobremesa, escucho una de esas perlas inesperadas que encierran un destello de verdad.
- Yo no sabía cómo sonaba el mar y las gaviotas hasta que vine a Madrid y dejé de escucharlo.
El apócope de chiste galopa sobre charlas cruzadas y, agitado por el tono desenfadado, arranca alguna sonrisa, pero no enhebra y la conversación escapa hacia otros territorios comunes.
Yo guardo, sin embargo, esa perla en secreto, me esfuerzo en retenerla.
En su aparente sencillez cotidiana, creo que encierra una de esas verdades profundas y sutiles: nuestra toma de consciencia opera por contraste. El día debió ganar su nombre humano en la oscuridad de una noche de hace millones de años. Damos nombre a las ausencias, a lo intermitente, a lo discontinuo, mientras lo omnipresente torna invisible a los sentidos.

2 comentarios:

Pirata Rob Erts dijo...

Y se quedó tan ancho... estoy seguro que su pronunciación no se alejará mucho del añorado canto de las gaviotas...

Anónimo dijo...

muy cierto, tanto como el destino de la verdad en manos torvas. jp