23 febrero 2010

La Peste (1898), Arnold Böcklin

Cuando al fin me hago con un mapa del término municipal de Yebes, descubro que habito en una isla minúscula, perdida, naúfraga. Su forma redondeada se incrusta en la inmensidad de Guadalajara deformándola como lo hacen al entrechocar, antes de fundirse, las burbujas de aceite que flotan en el agua tibia azuzada por el fuego en el que acabaré cociendo pasta.
Contemplo los minúsculos contornos de mi aldea gala con la misma atención que dedico al agua bulliciosa en mis domingos de cocina. Y tomo conciencia de que habito en una Llivia, en una Andorra, en un Treviño, en un violento accidente tectónico de la historia. Un vecino leído me desvela el misterio: nadie quiso para sí el Sanatorio de Alcohete, otrora leprosario, para no tener que dar sepultura a sus muertos corruptos.
Y así, descubro que el condado de Valdeluz se levanta sobre tierra maldita y olvidada.
El hallazgo me parece poético, como si el eterno retorno de la historia fuese cierto.
Olvidados del Estado en todas y cada una de sus capas de cebolla, leprosos invisibles, apestados en la isla de Poveglia.
Habito la meseta tabuada de los miserables.
Hermosa patria. Para mi. Y para ella.
Bienaventurados ambos.
Nuestra sea esta montaña y su sermón, que nadie quiso y nadie quiere.
Nuestros sus atardeceres naranjas de nubes violentas, sus vientos que soplan como alisios, sus tempestades y caminos, sus soledades y sus gentes, su inmensidad, su silencio, su cielo cierto, su verdad desnuda, la belleza infinita que transpira este aquí y ahora contingente.
En lo prohibido, siempre ascendimos.
Ese fue nuestro extraño camino.
Sé que algún día, volverán los brotes verdes a este paraíso inconcluso del urbanismo moderno.
Y el futuro y su progreso inevitable llenarán de lanzaderas las vías cercanas.
Y los 20 minutos a Atocha regarán las calles de gente y peluquerías, signo inequívoco del progreso del hombre.
Es inevitable.
Y aunque todo será entonces como pensé que sería, quien sabe si, quizás, será ese momento de mudarse.
Porque la razón informa pero el corazón siente, ajeno a la cordura.
En contra de toda lógica, deseo de repente retener este instante de olvido, preservar este rincón del afecto del mundo.
Porque la razón informa pero el corazón siente, ajeno a la cordura.
Porque miro atrás y es en este páramo desheredado que paseo de tu mano, encontrado a mi pesar, donde soy feliz hasta la lágrima.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

ni la más atroz burbuja económica puede impedir burbujas hechas de más nobles materiales. feliz la vuestra, también para quien se asoma a ella, invitado. gracias, jp