23 junio 2010

Alicia (1865) John Tenniel

Alicia es el último ser humano al que llamé cielo antes de que la mujer que hoy es mi mujer reclamase para sí la exclusiva de ese adjetivo. En el atardecer de una carretera secundaria entre Gredos y Madrid, un amigo con billete para Kenia y dos meses de horizonte africano me pidió que la cuidase hasta su vuelta, que me pasase algún domingo a verla, entre el rastro y la comida, a sopesar sus ánimos y soledades.
Por algún motivo inexplicable, conectamos. Quizás yo atravesaba el momento más vulnerable de mi vida y me abrí a quien me puso el camino. Le entregué todos mis secretos y ella me regaló los suyos. Nos hemos acompañado desde entonces, como hacen los peregrinos, cada cual con su carga, cruzando miradas y confesiones llenas de llanto y alegría, de miedos y anhelos.
Ella es todo corazón y mala hostia, con perdón. Yo soy ya de metadona, ensayo y biografía, pero ella sigue chutándose actualidad política inmediata, devorándola en todos sus formatos: prensa diaria, radio, tele y teletipo. Rezuma esa adrenalina acelerada de quienes siguen zambullidos en la profesión más bella del mundo, el periodismo. Y en la prostitución y los peajes del mundo, sin embargo, es una de esas personas escasas que buscan a diario una forma de estar con el otro que permita mirarse al espejo.
Para otros, Alicia es sólo esa parte del alma de 59 segundos que lleva en la tramoya desde que se apagó el primer micrófono en el piloto. No estos días. De repente, la vida, la biología, la mala suerte la ha parado en seco. No sé explicarle porqué está postrada en la impotencia de tener medio cuerpo dormido. Sólo que, según mi experiencia, todas las tormentas a las que se sobrevive son siempre para bien.
Le queda un largo trecho hasta volver. Un camino solitario, arduo, lento y difícil. Pero volverás transformada por la experiencia del naúfrago, más consciente de que vivir es hoy y sus aromas. Pido por ti, en los templos que frecuento. Por tu regreso. Por tu camino sereno.