
Ensimismado con el sonido lejano de los grillos, me dan las dos de la mañana en la terraza. La brisa fresca y constante azota mi cara en esta noche de verano. Sopla viento del norte. Empiezo a entender el páramo que habito, sus ritmos, su belleza.
Las hojas de los árboles cercanos se mecen a su paso. Este es el primer verano en que su roce constante inunda el aire con un oleaje de rumores rítmicos. Sus copas rebosan vida. Me doy cuenta de que, por primera vez, no puedo ver a través de ellas. La crisis ha detenido el crecimiento del ladrillo, pero la vida vegetal prosigue su viaje inexorable.
Vivo en Valdeluz, un lugar del que probablemente hayas oído hablar, aunque no lo hayas pisado nunca. Hay cosas que las noticias nunca te contarán sobre este sitio. Tengo la sensación de habitar un lugar mágico, único y secreto. Ante mis ojos se extiende la quietud de un paisaje horizontal, sin montañas. Los mil metros de altitud sin rivales cercanos sitúan mi verano a cuatro grados de distancia del de Madrid.
El depósito de agua, junto a la casa social del Club de Golf, domina el centro del horizonte. Algo más a la derecha, a unos dos kilómetros de mi terraza, se yergue el monolito de hormigón que señala la presencia de la estación fantasma del AVE que nos ha hecho famosos. De vez en cuando, Renfe saca sesudas estadísticas acerca del poco uso que tiene. No parecen comprender el fenómeno, similar al de la Estación de Metro de Chamberí, entre Bilbao e Iglesia: desde que alguien decidió que no parasen los trenes, no tiene viajeros.
A lo lejos, en la gran explanada de la plaza, alguien vuela muy alto una cometa en silencio, dando a la madrugada un toque de deliciosa irrealidad quijotesca. Nadie hablará en los medios de esa cometa ni de los anhelos de quien sostiene su hilo, ensimismado ante el viento del norte.
Ven a verlo, que no te lo cuenten.

2 comentarios:
los 48 compromisos del paisaje -una alternativa :)
abrazos, jp
En los turnos de vigilancia de Valdeluz desde nuestra terraza, yo prefiero el de primera hora de la mañana. Me encanta levantarme temprano, con la fresca, y disfrutar de la limpia luz de la mañana, cuando el día es aún virgen. El día es entonces tan sólo una promesa y te brinda la oportunidad de hacer con él algo digno. Si además de la contemplación, la mañana permite un paseo en bicicleta la emoción es doble. Cuánta belleza encierran esos paseos entre encinas, campos amarillos y girasoles.
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