No me gusta el fútbol, especialmente. No es que lo deteste, pero en demasía me aburre. Me suelo definir, cuando alguien me pregunta por mi equipo, como madridista sin entusiasmo. Es la verdad, que he esclerotizado en tres palabras. Sin embargo, soy consciente de que en los mundiales me contagio de esa histeria colectiva, de esa ilusión que, según los que han estudiado el fenómeno, hace crecer un 0,7% el PIB del país que gana la final... y caer un 0,3% la del que pierde.Hoy, después de ver Vals con Bashir, que habla de la memoria, me he preguntado a mi mismo cuantos mundiales soy capaz de recordar. Cuantos significan algo para mi. He descubierto que sólo tres.
Nací en 1971, lo que me exonera de unos cuantos. Del de 1978 me impresionan las historias de las víctimas de la dictadura, que han contado como el día en que Argentina enloqueció de éxito sus captores les sacaron a las calles a festejar después de meses de tortura y cautiverio. Supongo que por eso nunca discuto con un argentino sobre el fútbol, ni siquiera vía Facebook. Pero Argentina 78 no es un recuerdo propio, afortunadamente.
Mi primer mundial es el España 82. En la tele ponían una serie de Naranjito los sábados por la tarde. Una de esas tardes mis padres discutieron acaloradamente y él se fue de casa, dando un portazo. Le seguí con la mirada, desde la terraza, y después de cinco minutos le vi sentarse en un banco. Hoy la escena sería imposible, pero entonces Alcobendas era un descampado.
Todos mis recuerdos del Mundial 82 se circunscriben a ese momento, a ese sábado. Pensé que mi padre estaba triste y debía ir a acompañarle, pero quería ver la serie de Naranjito. Dilema existencial a los once. Venció, no siempre es así, mi mejor perfil. Salí de casa, caminé hasta él y me senté a su lado.
- Hola.- le dije sin saber en realidad que decir.
- ¿Ya te ha mandado tu madre?.- me contestó.
- No.
No hablamos más. Nos levantamos a los cinco minutos y volvimos a casa. Siempre me ha perseguido la certeza de que no me creyó, con lo que eso significa en la relación entre un padre y un hijo. Mis padres se separarían poco después.
El siguiente mundial que recuerdo es el de 1994. No he sido capaz de recordar, sin consultarlo, que país lo organizaba. Recuerdo la final, que ganó Brasil. La vi con Óscar y Juanjo en un bar de Galicia. No sé muy bien qué teníamos contra Italia (soy incapaz de fijar en el tiempo el codazo de Tassotti, quizás el único recuerdo propiamente mundialístico que tengo) pero nos sentimos felices.
Éramos unos críos. Nos habíamos escapado los tres a un viaje improvisado persiguiendo a Isa, una compañera de universidad de Juanjo que veraneaba en la casa familiar. Cantamos al menos diez veces Mediterráneo de Serrat en el viaje, muertos de risa en medio de la bruma y el mal tiempo. Acampamos en un prado hermoso, junto a una pequeña iglesia de piedra cuyas campanas sonaban cada día. Se veía el mar, que siempre me parece el mismo, en contra de loq ue veo en la vida y el espejo. Ese verano murió la inocencia, supongo. Murió mi padre.
Corea 2002, el tercero, es Sergio. Recuerdo su mirada penetrante, sus preguntas inquietantes, su voz infantil. Tres matrimonios con niños, en el pueblo de Ana. Vimos la caída de España en un salón sin apenas muebles. El sofá era de color crema.
Sergio me regaló, mientras paseábamos, una piedra. Era una piedra común, que cogió espontáneamente del suelo.
- Toma, para que te acuerdes de mi.- me dijo.
Murió pocos meses después en el Hospital Niño Jesús. Sólo tenía seis años.
Sudáfrica 2010 es el primer mundial que veo con Paula en mi nueva vida. Tuve que explicarle que, aunque no me gusta el fútbol, en el mundial veo todos los partidos de España, las semifinales y la final.
Quizás, dentro de diez años, recuerde su cuerpo acariciado, abierto a la vida, sin obsesiones. O quizás recuerde el gesto de Alicia, la única amiga que he tenido (en contra de mis creencias más arraigadas), luchando en las paralelas por la mitad de su cuerpo que se ha parado. Tal vez sea la voz de mi hija Iria, que me habla ya como si fuese mayor, o el reencuentro sereno y emocionante con mi hermano Alejandro, que ya es adulto. Tal vez recuerde la energía puesta en Valdeluz, que dentro de diez años ya no tendrá descampados sino trenes y demasiada gente...
No sé qué recordaré de Sudáfrica dentro de diez años. Como ocurre con los caldos, ya veremos cuando el tiempo transforme, poco a poco, en la oscuridad de la bodega, las vivencias en recuerdos. Pero, quizás, por una vez, recuerde para variar los goles y me venga a la cabeza la imagen de Naranjito destrozando a la Naranja Mecánica...
Cuando escribo estás líneas aún es posible.

2 comentarios:
Entrañable la historia que cuentas y cómo la cuentas. Los sentimientos son el cemento que aglutina nuestros recuerdos. Yo aún no tengo una lista de mis mundiales pero, para cuando la haga, el del 94 tengo claro que estará entre ellos. Algo cambió para siempre también en mí ese verano.
Estoy seguro de que el mundial del 2010 lo recordarás por varias cosas que, probablemente a posteriori, se reivindiquen en tus recuerdos para que sepas lo importantes que fueron. Y entre ellas, la imagen de Naranjito dominando a la naranja mecánica.
Te debo una comida, vete haciendo hueco un viernes.
PD: La peli, me la apunto. De hecho ya la tengo en mi poder.
Como quien no cree en el jurgol ha de creer en algo de la misma sustancia, pongamos que el martes uno creyó 10 minutos en el destino. Justo el tiempo que tardé en pasar de ir a comprar un vuelo a holanda para finales de agosto, a comprar uno para tailandia. Claro, para entonces habrá comenzado el mundial de basket. Entonces podrá uno, apaciblemente, creer al tiempo en el deporte y el destino. A las malas, ni siquiera estará holanda para meterles una paliza. Abrazo. jp
Publicar un comentario en la entrada