27 agosto 2010

Raimon Panikkar (2009), Ilvio Gallo

Esta mañana me impacta la muerte de Raimon Panikkar, al que descubrí en un viejo libro apolillado de la editorial Gredos. La noticia me sorprende, absurdamente, como si la sabiduría vacunase contra el deceso a los 91 años.

Tengo al catalán hindú entre los escasísimos sabios de mi tiempo, cualidad que consiste, precisamente, en trascender su ruido, sus luces cercanas, en ir más allá de las escasas décadas que habitamos para tratar de comprender al hombre eterno que somos, que fuimos, que seremos.

Dicen que la muerte siempre es buena para vender los libros del autor. No sé si será el caso. Panikkar nunca escribió para las masas, que generalmente viven inmersas en su tiempo intensamente. Sólo unos pocos se abstraen, se fascinan con lo inexpresable, con esa unidad en la trascendencia que recorre todo mito, toda religión, todo símbolo con el que el hombre se ha acercado al abismo del océano infinito.

De esos pocos que encuentran un cierto sentido, sólo unos pocos encuentran las palabras para sugerirlo. Leerle en su profundo Cristianismo, en su búsqueda honesta, en su católica terquedad que su hermano Salvador jamás entendió, siempre me reconcilió con mi propia vibración vital, con mi búsqueda profunda de la rosa primigenia anterior a todo nombre.

Espero recordar en los años venideros, ante todo, su sonrisa, que es la del monje. Recordarla para seguir aspirando a ella y a las invisibles certidumbres que la provocan.