En la búsqueda de las palabras propias, a menudo no queda más remedio que descubrirme ante las de otro ser humano, que ha sabido hallar las que uno anda buscando. Ayer, en una conversación de primer plato, traté de reproducir los argumentos de Gabriela Cañas acerca de la incoherencia occidental en el debate sobre el burka. Debo añadir que sin excesivo éxito, lo cual confirma mi teoría de que escribo regular, pero hablo peor. Para quienes me aguantan cada lunes y jueves a la hora de comer, las palabras que ayer no supe reproducir:
“Sobre la dignidad de la mujer se han manifestado hasta los imanes más radicales para justificar, eso sí, la libre opción de vestir el hábito. Sobre la incoherencia occidental, sin embargo, se ha preferido correr un velo casi tan tupido como el del burka. […] Los ejemplos son abundantes y todos ellos vienen a confirmar la evidencia de que la mujer occidental es esclava de su cuerpo y del estereotipo hipersexuado que se le exige y que tal esclavitud hunde sus raíces en los mismos prejuicios de los que defienden el velo integral. El denominador común de ambas culturas es el cuerpo de la mujer como objeto de deseo masculino que debe ser ocultado a los demás o, por el contrario, exhibido como tal para deleite del gusto varonil”.

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