09 septiembre 2010

Sangre (20110), Rachel Plate

Ocurrió el domingo en una ciudad extraña. Al levantarme de la cama del hotel y dar unos pasos hacia el baño, un torrente de sangre comenzó a escapar de mi nariz, gota a gota.

No me asusté. Sangrar por la nariz es una de mis habilidades innatas. Tengo propensión a dejar escapar unas gotas de vez en cuando, para rubricar con mi propia sangre el exceso de calor, de cansancio o de esfuerzo físico. En Japón, algo así me hubiera convertido hace tiempo en amante mitológico, pues el súmmun de sus fetichismos es provocar en el amado tal éxtasis que sangre su nariz.

Generalmente, el goteo se corta a los pocos segundos con ayuda de un poco de agua fría en la nuca. Esta vez, algo fue distinto. El goteo, rítmico e implacable, me arrastró hasta la petite mort. Al revisar hoy mis reacciones camino del hospital, me reprocho mi exceso de civismo. En todo momento ladeé la cabeza hacia atrás para tragarme mi propia vida, como pidiendo perdón por perderla a un mundo que seguía girando. En el ascensor di los buenos días a una pareja recien duchada que se quedó en la planta del desayuno; en el taxi, informé al conductor de que sangraba pero le tranquilicé acerca del estado en el que quedaría su tapicería, que salió indemne. Para lograrlo, me tumbé sobre el regazo de Paula, que me acarició la frente mientras yo disfrutaba de una visión inédita de Barcelona. Notaba la sangre derramarse en mi interior mientras aquellas hermosas fachadas modernistas, vistas desde el suelo, se sucedían en la ventanilla recortandose contra un cielo sin nubes.

Incluso en el box de urgencias, donde la sangre forma parte del paisaje, mantuve esta absurda actitud de no derramar mi drama. Sólo cuando ya no pude más, cuando una sensación de saciedad -que culminaría en vómito- comenzó a apoderarse de mí, bajé la cabeza y comencé a teñir de rojo un frío sumidero metálico.

Me sentí cuidado por todos, pero quiero dar las gracias especialmente a Carmen, posiblemente la enfermera jefe, no lo sé, porque se atrevió a tomar decisiones en ausencia de Elena, la otorrino que tardó en llegar porque estaba operando.

Luego vino el sudor frío, la vista nublada. Fue entonces cuando se apagó brevemente el mundo. Renací a mi petit mort con un apósito taponándome la nariz y cientos de extraños pensamientos. Me preguntaba que habría ocurrido si este torrente de vida hubiese decidido regar el mundo escalando una montaña o embarcado en un pesquero; o si esa pequeña arteria hubiese estallado en otro punto de mi cuerpo, regándolo por dentro sin posibilidad de vómito.

Paula me llevó de vuelta a casa, guardando para sí sus propios miedos. En el coche, dormí como un niño en la debilidad extrema, calentado por el sol que viajaba hacia el ocaso.

Hoy me han retirado el apósito y vuelvo a respirar. He pedido hora para solicitar el alta voluntaria. Comienza la vida, con miedos nuevos.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

es que los periodistas de olfato sufren de eso...
cuídate, hermano. abrazos. jp