En el Barrio de San José, uno de los más humildes de Llanes, justo después del paso a nivel por el que de cuando en cuando pasa el Transcantábrico, una placa reciente anuncia el nacimiento de la calle de Francisco Gómez del Castillo.
El camino asfaltado, de unos 300 metros, arranca en una zona industrial venida a menos. A izquierda y derecha se suceden un par de naves de cristales rotos y paredes deshechas por la humedad, el tiempo y el fracaso. Andando la calle, justo antes de una curva, aparece una casa baja de huerto sin adorno y flores sencillas. La mujer que la habita mira a los ojos y sonríe con sencillez y dulzura. La mitad de la teja es muy reciente. Su naranja vivo y ordenado contrasta con la mitad desvencijada, en una confesión pública de falta de presupuesto.
A partir de ahí, el camino se vuelve esforzado y gana altura rápidamente. Tras tres o cuatro industrias en mejor estado y una casa más señorial, alcanza el Área Recreativa de Tieves, una finca llana y amplia que esconde discretamente los depósitos de agua que dan de beber a Llanes. Un par de ponies pastan en esta terraza natural desde la que puede verse una parte del casco de la ciudad, los acantilados lejanos batidos por la mar y el macizo occidental de Picos de Europa.
Ahí acaban los metros de asfalto con los que Llanes honra, desde este fin de semana, la memoria de un hombre que murió en 1935, con los pulmones enfermos de cárcel y fracaso tras la Revolución de Asturias. Dejó viuda de rojo y cinco niños. Fue su vida el colmo de la derrota. Puede decirse, con rigor, que ya estaba muerto cuando empezó la guerra que terminaría perdiendo.
Y, sin embargo, 75 años después de su muerte, Llanes decide ponerle calle...
Cabe preguntarse porqué. Un folleto del Ayuntamiento aclara los méritos de forma somera:
Francisco Gómez del Castillo
Santander, 1894 - Granada, 1935
Alma del periódico El Pueblo y Presidente de la Sociedad de Oficios Varios. Presidente de la Junta Directiva de la Agrupación Socialista de Llanes en 1934, fue quien proclamó la Segunda República en la Villa junto a Felix Fernandez-Vega.
Epitafio recién escrito para un hombre sin tumba conocida. Ni siquiera quedó de él una fotografía en la que mirarme para intentar reconocerme. Sólo este retrato en sepia de mirada extraviada, cejas fruncidas, frente despejada y media sonrisa. Sólo este dibujo sin certeza de rigor, a merced de la destreza del dibujante.
Francisco ha sido rescatado del olvido por José Luis Villaverde, un hombre al que siempre estaré profundamente agradecido. En un artículo de otra época, petrificado en la hemeroteca de un diario que ya no se edita, descubrió que un hombre a quien nadie recordaba fue quien anunció el amanecer en 1931 desde el balcón del Ayuntamiento. Sé que a José Luis le mueve la persecución tozuda de la historia, pero a mi su afán me ha dado el primer espejo nítido para acercarme al hombre cuya sangre llevo y cuya herida sangrante forma parte de mi herencia vital. Me miro en las palabras exactas que utilizó en ese balcón, en su poética llena de sed de justicia social, pero también de reconciliación. Reconozco en él retazos del hombre bueno que quisiera ser.
[...] A requerimientos del público, nuestro compañero de redacción Francisco Gómez del Castillo sale al balcón del Ayuntamiento y nos dice: Los rotos, los descamisados, los cuatro gatos acabamos de apoderarnos del poder para laborar una España nueva. Ciudadanos, que cada uno cumpla con su deber, el nuestro es superar a los caídos demostrándoles que la justicia cabe en toda sociedad civilizada y que ellos disfrutarán de iguales derechos que todos. En nosotros no hay odios, sólo un fuerte amor a la vida, un amor fecundo y creador. ¡Gran día el de hoy, ciudadanos! [...]
En esas cosas pienso cuando, antes de irme de Llanes, vuelvo por última vez con el coche a la calle más hermosa del mundo. Caigo en la cuenta de que es la primera vez que piso Asturias en mis casi 40 años de vida. Una tierra evitada de modo inconsciente en la que ahora me siento profundamente acogido. En mi GPS, ajeno a la memoria histórica, recorro una calle sin nombre. Mejor así, que no sea esta una victoria póstuma del vencido sobre el vencedor. En Occidente siempre hemos sabido venerar a ambos como héroes. Los unos son honrados intensamente por el hoy en sus victorias. Coleccionamos cromos de Maradona o Ronaldo, nos descubrimos ante su capacidad para imponerse en el campo de batalla aunque sus nombres, generalmente, sean olvidados después de dos o tres generaciones.
Y luego está Héctor, domador de caballos. Honrado eternamente, por la poética de su derrota, por su sacrificio crístico, infinitamente superior a la victoria de Aquiles.

3 comentarios:
Cada día te siento más escritor y menos periodista. Me sumo al reconocimento del trabajo de José Luis Villaverde. Nuestra familia tiene una deuda de gratitud con él.
hermoso, powelson. gracias. jp
Mi contribución a la familia en ese día de reflexión, de agradecimiento y de memoria está en
http://picasaweb.google.com/fgcllanes
Un abrazo
Julián (Nano) Gómez del Castillo
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