05 noviembre 2010

Matrix Smith Many (2003)


En nuestro afán por ponernos estupendos, como si no fuera ya suficientemente jodido ponerse de acuerdo en el nombre de los hijos, a alguna mente preclara se le ha ocurrido que la mejor manera de que no exista la discriminación en el tema de los apellidos de los hijos es que nazca también del consenso entre padres y padras. Los divorcios siempre han estimulado el mercado inmobiliario, así introducir un poquito de tensión adicional supone una brillante medida anticrisis.

Si el legislador ha decidido cargarse las esencias del linaje, porque le parece carca, se ha quedado corto. Sugiero que copie el modelo vigente en Canarias hasta hace un par de siglos, que permitía ponerle al niño el apellido de la madre, del padrino o del vecino del quinto izquierda. Libertad total: podríamos tener un listado de apellidos válidos y elegir los dos que más nos gusten, igual que podemos elegir el nombre del niño. Así, además de llamar a un niño Felipe para demostrar afinidad monarquica, podría apellidarse De Borbón y Grecia. Evitaría además que entre los españoles se den nombres compuestos como Kevin Kosner Jesús de todos los Santos. Kevin de nombre y Kosner de apellido, mucho más propio.

Lo mejor de todo es que, en caso de desacuerdo entre las partes prevalece el orden alfabético, de modo que antes de negociar ya está claro si te han dado o no el rodillo de la mayoría absoluta.

Dice la prensa de estos días que apellidos como Zapatero, Zamora o Zumalacárregui peligran. La urgencia periodística siempre ha sido corta de vista y se nos ha quedado en la Z, sin darse cuenta de que el apellido Abad, con perdón de los Abad, hará metástasis inexorable en las páginas blancas. Igual que Smith conquistó Matrix, los Abad conquistarán España. Es cuestión de tiempo. Las reglas han sido escritas para su prevalencia... O no.

Todos los Abad de España se las prometen muy felices en este nuevo orden mundial. No se dan cuenta, ilusos ellos, de la cantidad de apellidos anglosajones que comienzan con doble a en este mundo global. Dentro de un milenio, todos los españoles, incluido el primero de todos ellos, se apellidarán Aab. Suena a escupitajo, lo sé, pero hay gente en el Norte de Europa que lo lleva sin protestar, así que supongo que podremos acostumbrarnos.

Si lo que buscaba el legislador era un poco de igualdad, en 30 generaciones va a tener unos 50 millones de tazas, desde el Rey hasta el bedel.