
No sé si frecuentas el Libro de los Salmos. Como toda la poesía, debe leerse sin prisa, recreándose en el viaje, escapando a través de la belleza de sus metáforas. Recorridos con lentitud, haciendo de cada coma un pequeño abismo de silencio, empezamos a escuchar el eco de las palabras.
De entre todos, hay un salmo, que me recuerda quien quiero ser. Por eso es especial. Y como los salmos siempre han sido fuente de música sacra (te ahorras un letrista inspirado) no es extrano que buscase versiones del mío. En esa búsqueda esforzada descubrí hace poco a Arvo Pärt, niño prodigio de aquella Unión Soviética mistérica y cerrada a Occidente.
No sabía nada de él, pero su música, casi gregoriana, me impresionó y sentí mucha curiosidad. Busque su foto, los hechos de su vida, su motor... Arvo Pärt es un ser vivo, no un recuerdo entre los hombres. Quizás beba café ahora mismo en algún Starbuck de Estonia, quien sabe. Seguro que ve la televisión de vez en cuando. Y, sin embargo, compone música que te transporta al siglo XIII. Cuentan que de repente, sin más, hace ya muchos años, en los sesenta, dejó de componer. No fue una crisis creativa, sino vital,
existencial,
espiritual...
Aquel hijo de la patria soviética, de la mecánica inevitable de la historia que nos conduce hacia el progreso del hombre victorioso, se sintió vacío y sin rumbo. Su acto reflejo y hereje fue echar la vista atrás, hacia los escombros de esa singladura humana, en busca de lo que es eterno. Buscó sentido en las esencias de la música de Occidente, de sus comienzos, tratando de alcanzar la maestría del monje, de provocar la reverberación que sacudió los muros de las catedrales góticas.
Hoy soy yo, el hijo de la patria capitalista y sus centros comerciales, quien busca en los hallazgos de Arvo refugio existencial. Al parecer, en los centros comerciales tampoco reside la respuesta a la felicidad del hombre.
El hombre es tan complejo, su victoria tan esquiva y su música tan hermosa...

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