29 diciembre 2010

Arvo Pärt (1974)


No sé si frecuentas el Libro de los Salmos. Como toda la poesía, debe leerse sin prisa, recreándose en el viaje, escapando a través de la belleza de sus metáforas. Recorridos con lentitud, haciendo de cada coma un pequeño abismo de silencio, empezamos a escuchar el eco de las palabras.

De entre todos, hay un salmo, que me recuerda quien quiero ser. Por eso es especial. Y como los salmos siempre han sido fuente de música sacra (te ahorras un letrista inspirado) no es extrano que buscase versiones del mío. En esa búsqueda esforzada descubrí hace poco a Arvo Pärt, niño prodigio de aquella Unión Soviética mistérica y cerrada a Occidente.

No sabía nada de él, pero su música, casi gregoriana, me impresionó y sentí mucha curiosidad. Busque su foto, los hechos de su vida, su motor... Arvo Pärt es un ser vivo, no un recuerdo entre los hombres. Quizás beba café ahora mismo en algún Starbuck de Estonia, quien sabe. Seguro que ve la televisión de vez en cuando. Y, sin embargo, compone música que te transporta al siglo XIII. Cuentan que de repente, sin más, hace ya muchos años, en los sesenta, dejó de componer. No fue una crisis creativa, sino vital,

existencial,

espiritual...

Aquel hijo de la patria soviética, de la mecánica inevitable de la historia que nos conduce hacia el progreso del hombre victorioso, se sintió vacío y sin rumbo. Su acto reflejo y hereje fue echar la vista atrás, hacia los escombros de esa singladura humana, en busca de lo que es eterno. Buscó sentido en las esencias de la música de Occidente, de sus comienzos, tratando de alcanzar la maestría del monje, de provocar la reverberación que sacudió los muros de las catedrales góticas.

Hoy soy yo, el hijo de la patria capitalista y sus centros comerciales, quien busca en los hallazgos de Arvo refugio existencial. Al parecer, en los centros comerciales tampoco reside la respuesta a la felicidad del hombre.

El hombre es tan complejo, su victoria tan esquiva y su música tan hermosa...

26 diciembre 2010

Ser tan Alto como una Montaña (2008), José Luis Serzo


Quizás porque tenemos aún todo que decirnos, esta es una de esas tardes en que no nos decimos nada. El sol recorre su arco gastado, desde el mediodía hasta el ocaso sin apenas palabras. Nuestras soledades se rozan sin molestarse, dándose espacio para expandirse. Contemplo tu ceño fruncido mientras lee en busca perpetua de su paz de espíritu. Y pienso que acaso es posible amarte siempre así, en este monasterio nuestro, hermanarme contigo más allá de tu carne pútrida y frágil, mantener en movimiento lo que tenemos para que nunca se mueva. A tu lado sigo sintiendo, cinco años después de aquel primer encuentro, la posibilidad de la eternidad aquí y ahora.

24 diciembre 2010

Lauren Bacall en Tener o no Tener (1944)

Juanpa me propone un juego: tiene escritas 800 palabras defendiendo la Ley Antipiratería y la Ley Antitabaco y me pide que escriba yo otras 800 atacando ambas. Los diálogos platónicos con Juanpa han sido siempre extremadamente rentables. En uno de ellos, acerca de la existencia de Dios, terminó presentándome a su vecina, porque era teóloga como yo. Nos casamos. Su vecina y yo, se sobreentiende.

Ahí van mis razones, Juanpa. En primer lugar, toda norma que se gana el nombre de Ley Antialgo es, intrínsecamente, una prohibición. Edifica muros, traza líneas rojas en vez de señalar a un punto del horizonte. En mi opinión, se prohíbe desde el pesimismo vital, que es propio del pensamiento conservador, frente a la izquierda y los liberales, que proponen caminos que recorrer. La Declaración Universal de los Derechos Humanos no se ganó el sobrenombre de Ley Antitiranía. Los acentos tienen su qué. Siete de los diez mandamientos eran prohibiciones y cuando alguien decidió resumirlos enunciándolos en positivo fundó una nueva religión (con cierta ayuda posterior de Pablo de Tarso) que ha llevado un Belén a casa de tu madre.

Me gusta fumar, esencialmente porque es un acto inútil. Parece bastante probable que, a partir de los años 60 las tabaqueras dedicaron ingentes esfuerzos de I+D a yonkinizar a sus usuarios pero, ¿y antes? ¿Que ha llevado a los hombres a perpetuar durante siglos sin I+D un gesto tan absurdo? ¿Porque los indios fumaban la pipa de la paz? Quizás porque todo lo inútil no es bello, pero la belleza suele residir en lo inútil. Con excepción de tu vecina, hay pocas cosas tan bellas como Lauren Bacall encendiendo un cigarrillo en Tener o no Tener; ese primer plano de la cerrilla incendiándose, esa lentitud... Fumar es un acto de pausa, una rebelión frente al conejo de Alicia y la lógica mecanicista del mundo moderno y su time is money. Echar un cigarrito es abrir un tiempo sagrado, vertical, en este mundo laico y perdido. Prolongar el orgasmo o conjurarlo para que aparezca si uno es creativo de publicidad (reconozco que aún me cuesta entender como logras hacer tan buenas campañas sin dibujar anillos de humo).

Dicen que una singularidad histórica se define como un suceso capaz de cambiar el mundo de forma tan radical que la nueva realidad resulta incomprensible para quienes han vivido antes que ella. La persecución de los fumadores es, para mi, una singularidad. La viví por primera vez en Estados Unidos en 1989 y pensé que se habían vuelto paranoicos.

- Esto en España no pasará nunca.- recuerdo que pensé. Y, junto a la morriña por la tortilla de patata, aquella locura colectiva provoco el nacimiento de mi españolidad por contraste. Hoy, la tortilla de patata se fabrica con huevina y no se puede fumar en ningún lugar. Ambos cambios, junto a las sillas para niños en los coches, han construido una España más segura... Disimulo ante extraños, pero soy un exiliado interior. España es mi casa y quizás alguna que otra República Independiente de Ikea.

No hay más patria que la infancia, y en la mía caben cinco niños en el asiento de atrás de un 600 y una visión de sábado en la que mis padres fumaban como carreteros en el salón mientras sonaba un disco de vinilo de los Beatles.

- ¿Qué hacéis?, pregunté tratando de entender su silencio colectivo. Mi padre chistó, mandándome callar con un gesto del índice sobre su boca. Luego señaló al radiocasette, en el que grababa el disco para nuestros vecinos. Sonido ambiental, con dos cojones. A eso se le llamaba entonces copia privada. P2P se llama ahora. La frontera del delito era el lucro: una vez comprado el disco, mi padre podía grabar cuantas copias quisiese, siempre que las regalase. Emule es ese salón en el que estaba permitido fumar y grabar discos de los Beatles. No así las páginas de descargas, que se asemejan más a los piratas que en el rastro intentaban venderte la casette y a los que la Policía Municipal decomisaba el género.

Sin duda, Internet es una singularidad a la que debemos acostumbrarnos, como lo fue la imprenta para los copistas de los monasterios que, durante siglos, protegieron eficazmente la transmisión de la cultura clásica. Esta tecnología obliga a revisar de arriba a abajo la cadena de valor. Aparentemente, Internet está acabando con el periodismo, que pasa por una de las peores crisis laborales de toda su historia en España. Uno de cada cuatro compañeros ha perdido su empleo. Y, sin embargo, visto en perspectiva, lo que cabe preguntarse es si sobra el periodista o el dueño de la rotativa, osea Gutemberg, si la cadena de valor nacida con esta tecnología está expulsando al reportero o el editor, como apunta de manera magistral BCN MediaLab. De la misma manera, en el terreno de la cultura, no tengo claro si esta nueva tecnología con su ingente capacidad de intercambio de información ataca al creador o a la industria del Star System.

Yo vislumbro un futuro sin filtros, en el que el periodismo vuelva al confidencial, a la exclusiva, a la frescura, a la sorpresa, a la noticia. Un futuro en el que no existan 40 principales, sino miles de cantautores con capacidad para llegar a su público, que pagará por escucharles en directo y a Telefónica por bajarse sus mp3. Si hay que cobrar nuevos canon (también para las Asociaciones de la Prensa además de para la Sgae) creo que está claro quien recauda. Pero no intentemos poner puertas al campo. No se puede volver al momento anterior a la singularidad. Ya lo intentó la inquisición, con sus listas de libros prohibidos, cuando los libros dejaron de producirse en los scriptorium sobre piel de vaca.

El futuro es el que es. Disfrutemoslo. En mi caso, por supuesto, fumando de vez en cuando en medio de un P2P.

En tu caso, si sigues en contra de ambos conceptos, reconcíliate al menos con quien nunca fumó ni copió canciones... y celebra la Navidad cristianamente.

Feliz Nochebuena, Juanpa, con o sin misa del gallo.