
Cuaresma. Tiempo de tristeza, de depresión, de privaciones impuestas, de castigo. Tiempo sombrío, cerrado en sí mismo, muerto después de la fiesta libertina del Carnaval.
Tiempo de penitencia y ayuno. O no. Quizás tiempo de renovación, camino de purificación que persigue abrirte los poros radicalmente.
40 días de purga. 40. Los días que duró el diluvio, los años duró el Éxodo, los días pasó Cristo en el desierto, conociéndose a si mismo. 40, en la Biblia, no fue nunca un tiempo perdido, sino un tiempo de transformación, de esperanza, de preparación.
Cuaresma. Cuarentena. Crisalida. Profunda experiencia de desierto personal. De espacio y tiempo de silencio, de soledad, de apertura a las grandes preguntas, a las grandes respuestas, lejos del ruido, la prisa y los afanes.
Cuaresma no es limosna, oración y ayuno. Es transformación a través de la limosna, la oración y el ayuno. Transformación interior, para contemplar el misterio de Cristo, para avanzar en su conocimiento, para vivirlo con plenitud en nuestra relación con los demás.
Transformación a través de la Limosna. De dar de lo nuestro, de nuestro dinero, de nuestro tiempo, a quien lo necesite.
Transformación a través de la Oración. De la búsqueda de momentos tranquilos para el recogimiento y la apertura de nuestras puertas al silencio, a la revisión, a la sosegada escucha de Dios.
Transformación a través del Ayuno. Para crecer en libertad frente a los hábitos y las pasiones a través de la privación del alimento superfluo, del gasto superfluo del tiempo superfluo.
Y dar. Volver a la Limosna. A la primera de las herramientas, sin las que todo Ayuno y toda Oración es estéril. Dar según una universal práctica religiosa que consiste en sublimar nuestra bestialidad poniendo el foco en las necesidades del Otro.

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