05 marzo 2011

Oswald Spengler


La sed que un día tuve por escribir algo decente, con las suficientes páginas como para ponerle un lomo en el que quepa mi apellido compuesto, va muriendo en la certidumbre de que todo lo que merece la pena ser dicho está ya escrito.

Quizás debiera sentirme mal, incompleto. Dicen que a partir de los 40 la vida comienza a trufarse de sueños rotos. El niño toma conciencia de que nunca será astronauta... Lejos de sentir rencor hacia la NASA, me siento sabio en mi renuncia. La vida es demasiado corta como para escribir, con todo lo bueno que hay por leer.

En este fin de semana de Rodríguez, retomo el sempiterno proyecto de La Decadencia de Occidente. Mi entendimiento naufraga durante varias horas contra la densidad de Spengler, al que apenas arranco unas páginas. Llevo cerca de tres años destilando en tiempos muertos al alemán y ya estoy cerca de la mitad del primer tomo. No tengo prisa por concluir el viaje.

La de Spengler es un intento de historia de Occidente sin reyes, naciones ni batallas. Eleva el vuelo para contemplarnos a vista de pájaro, persiguiendo la Gran Tradición que nos recorre desde la era de los mitos. No somos hijos de la revolución francesa, ni de la polis griega, el derecho romano o el Cristianismo. Todas estas cosas son, con perdón de mis propias etiquetas, mamarrachadas modernas, flores visibles a lo sumo, que crecen sobre un sustrato previo, más antiguo que la historia pero menos que la memoria, que conforma nuestra forma de contemplar el misterio, de sentirnos en el mundo.

Eres, lector, alma faústica, aunque no lo sepas. O quizás su negación, que te arrastrara al Prozac.

Lee.

2 comentarios:

uliseos dijo...

A ver si lo entiendo yo algún día -lo de leer y no escribir. De momento a Splengler le tengo a los pies. De la cama. Abrazo. jp

Pirata Rob Erts dijo...

Y tómate la maravillosa molestia de, mientras lees, comprender.