
Hoy he buscado las agendas profesionales de mi padre, del 91 al 94, que duermen tras la estupenda colección de literatura hispanoamericana contemporánea que lanzó El Mundo. Camino de nuevo por un desierto de descripciones someras, citas, presupuestos, llamadas pendientes. No sé porque acudo, de cuando en cuando, a ese pozo seco y aburrido en el que hay tan poco de mi padre.
El único aliciente es que, aunque las agendas sean las mismas, yo he cambiado cada vez que las releo. En su letra difícil y abigarrada descubro el nombre de un nuevo lugar o de una persona que ha pasado a ser parte de mi paisaje profesional. Guardo el secreto. Siempre guardo el secreto. Imagino que compartieron mesa y mantel hace dos décadas, sonrisas, apretones de manos, chistes, tarjetas y facturas a 120 días...
Olvido. Me doy cuenta de que todo es olvido. Se calcula que, a lo largo de la historia del planeta han vivido ya 80.000 millones de hombres. Demasiados para ser recordados.
Sólo una persona, Enrique Montanchez, cayo en la cuenta y me dijo un día: yo conocí a tu padre. Lo cierto es que yo ya lo sabía cuando me lo dijo. Enrique, con quien compartí algunas fuentes periodísticas y una Pascua Militar inolvidable era, también, una anotación de 1992 en la agenda de mi padre: "Resolver el asunto de Enrique Montanchez".
Olvido. Hasta el más ilustre de los hombres será olvidado. Nos esforzamos por construir una Historia, por tejer y fijar los recuerdos que serán devorados por el Cosmos. Inexorablemente, Ulises, Cesar, Newton, Aristóteles verán sus perfiles desdibujados en la mente de los hombres. Dejarán el Olimpo para habitar el mismo limbo que mi padre.
Es sólo cuestión de soles.

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