
El viaje es sólo hoja de ruta cuando aún no ha sido. Luego, se transforma siempre en un mar de sensaciones que se entremezclan en el alma de cada quien, cambiándola. Y por eso, se dice siempre que el que comienza el viaje nunca es el mismo ser que lo acaba.
En el tapiz de mis recuerdos se entremezclan paisajes inhóspitos y abiertos en los que el hombre es siempre pequeño; gentes castellanas, sosegadas, de paso atrás y mirada larga; misa de pueblo, con mujeres siempre en los primeros bancos y hombres que entran tarde hacia los últimos, después de apurar fuera el pitillo; un arcón centenario de tres cerraduras, lleno de secretos; la hermosa historia de un elefante oriental inabarcable, símbolo mayestático de la imposibilidad de pesar o medir el Misterio; compartir, sobre todo el compartir, la generosidad de todos; el sabor intenso de la tortilla de Manuela y el dulzor de la limonada de Raúl; la astilla que llegó, nadie sabe como, hasta el párpado de Pablo; el calor de mis hijas; la impresionante bajada hasta la gruta de la Moreneta; la sensación de privilegio irrepetible de subir hasta cúpulas y campanarios a través de puertas secretas y palomares; descubrir de pronto un salón inesperado en el que Goya y Jovellanos pasaron un verano, pintando sus paredes; el aspecto heavy metal de algunos curas, que es esperanza de amplitud en una Iglesia en la que cabemos todos; la guitarra de Jerónimo, que siempre suena para unirnos; el olor intenso de los árboles en flor al caer la tarde; el sonido fresco del agua manando por los doce caños; el abismo vital que separa mi nevera, de ese bodego horadado en la roca habitado hasta los años 60; la presencia de Dios, por todas partes...
Sobre todo, al morir el domingo, se me quedó clavada el ansia de prolongarlo. En esta tierra, donde todo ocurre despacio, se me hace cansino el fragor de la batalla que me espera, cada día, a 60 kilómetros.

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